viernes, 20 de enero de 2017

Poema Alfrediano: Parte XXX

(Anteriormente, Alfredo ha llegado
a una especie de comedor gigante
donde las cucarachas comen comida
asquerosa. Ahora ha tenido una
idea para desplazarse pasando
inadvertido).

Se metió rápidamente
entre aquellos élitros prominentes.

Completamente tapado,
en ese caparazón
estaría bien resguardado:

<<Ahora solo me queda esperar,
veamos cuanto se llega a acercar.>>

Y así, adosado al invertebrado,
siguió ahí un rato más largo
de lo que hubiera deseado.

Entonces Alfredo notó que el bicho se paraba.
Sintió como su cuerpo se tumbaba.

Quiso por la intriga asomarse,
y aquello que vio,
le hizo estremecerse.

La cucaracha se acaba de sentar,
y hacía la dirección que Alfredo ansiaba
había dejado de avanzar.

Echando una rápida ojeada
se percató de la localización
donde la cucaracha estaba sentada.

Al menos se había colocado
en un lugar medianamente
bien situado.

La mesa -o bloque de piedra- en la que estaba
se encontraba en un lateral,
pero casualmente, de los más cercanos al final,
de hecho, a menos de veinte metros de la puerta se situaba.

Mientras pensaba como llegar,
escuchó un sonido que le hizo desquiciar.
Parecida a una trituradora
y con una gula acusadora,

parece que la cucaracha en la que se escondía,
alcanzó aquella pasta insípida,
y con fruición se la comía.

Cada segundo que escuchaba
más consternado se quedaba.

Aquellos ruidos, aquellos sonidos de salpicadura,
cuando pedacitos de carne se desprendían,
destrozados por cada mordedura.

Haciendo un esfuerzo monumental,
Alfredo ignoró aquel sonido brutal.

Miró de nuevo a su alrededor,
buscando una cucaracha más cercana
al final de aquel enorme comedor.

A su lado había otra sentada
con aquella papilla también ocupada.

Estaba algo más cerca de la salida.
El pedo en desplazarse
sin que su presencia pudiera ser advertida.

Finalmente se decidió
y desde la parte mas cercana al suelo del elitro
hacia abajo descendió,
y desde el suelo reptó.

Hasta la otra cucaracha pudo llegar,
y el interior del nuevo caparazón pudo alcanzar.

Entonces vió más bichos dispuestos en lateral,
el último de ellos a unos pocos metros
del ansiado final.

Optando por exponerse tremendamente,
se movió de cucaracha en cucaracha
arriesgándose constantemente.

Tres veces se tuvo que parar,
pues cucarachas contiguas
acababan de devorar.

En ese momento se largaban
y tenía que esperar pacientemente
hasta que otras nuevas llegaban.

Más de una vez antes de tiempo se precipitó
porque en la que residía de comer ya terminó.

A pesar de la dificultad,
y con esfuerzo sin igual
llegó a la cucaracha final.
Refugiado en su coraza,
la presión actuaba con el con asiduidad,
como la más insidiosa tenaza.

A través de aquel escondrijo
se veía ya la sólida puerta de metal.
Estar tan cerca y lejos del final,
le intimidaba y dejaba hecho un amasijo.

Pero se dijo: <<¡No tengo todo el día!
¡Debo actuar con osadía!>>

Y cuando la cucaracha en la que estaba ya había terminado,
cuando se disponía a ir y ya casi se había incorporado,
Alfredo con suma rapidez hacia la rendija inferior ya se había abalanzado.

En el transcurso de un eterno instante
el pedo se coló por la rendija de la puerta gigante.

Y una vez dentro cerró los ojos esperando ser delatado,
pero no sucedió absolutamente nada,
al contrario de lo que el había imaginado.

Desde atrás se oían amortiguados
los ruidos que proferían las cucarachas
cuando los engrudos eran devorados.

Solo entonces se fijó en el lugar al que había cruzado.
Se trataba de una habitación de gran iluminado.

Desde donde la puerta acababa,
un túnel se desplegaba.

Pero este era muy inusual.
Su composición no era igual.

Suelo, pared y techo,
eran de reluciente piedra blanca,
que sustituía el color marrón sucio y contrahecho.

En sillares pulidos y brillantes aquel sitio se alzaba,
y a los laterales, dos hileras de columnas cilíndricas,
actuando como refuerzo sustentante.
Solo encontró en medio de tanta belleza
un elemento desconcertante
que contrastaba en la sala de refinada naturaleza.

En la pared que hacía de techo superior,
otro grabado, en el que aparecían dos cucarachas.
Una de ellas era pequeña e inferior.
La grande parecía alimentarle,
dirigiendo a su boca un gran tenedor.

<<Ahora mismo la razón de ese dibujo me es desconocida.
Lo que importa es encontrar mostrar la verdad,
y luego encontrar una salida.>>

Siguió avanzando hacia delante,
aunque tanto refinamiento le hacía
pararse a cada instante.

En las basas de las columnas había altos candelabros,
iluminando las contiguas paredes,
mucho más agradables debido a su ausencia de dibujos macabros.

Avanzó por este breve camino
sintiendo su mente cada vez más tranquila,
como si todo lo anterior le importase un comino.

Hay que admitir que la decoración,
mucho más relajante
influía en el de un modo impresionante,
ayudando a su relajación.

Después de tanto malestar constante,
esta galería era muy reconfortante.

Solo cuando estaba a punto de acabar su trayecto
en aquel pasillo
tan breve y sencillo
vio en frente suyo lo que parecía un retorno a aquel mundo abyecto.

Al final del túnel se encontraba otro enorme portón.
Estaba situado entre dos columnas
y bajo un triangular frontón.

La puerta era de color dorado.
Medía tres metros de altura,
y unos dos de anchura,
según Alfredo había estimado.

Estaba ajustada mucho mejor
y no había ninguna pequeña rendija,
por la que Alfredo pudiera pasar a la habitación posterior.

Empezó un cauteloso acercamiento a la puerta.
Y entonces, escuchó más aberrantes sonidos.
Una cosa era cierta:

de las cucarachas parecían no provenir.
No eran exactamente rugidos.
Sonaban más agudos, y en lloros parecían devenir.

Con curiosidad, Alfredo llegó hasta la cerradura.
Se preparó para una escena dura.

Y entonces, en esta se introdujo.
Lo que presenció le provocó tal asco,
que de ser corpóreo hubiera sufrido un abundante reflujo.

La habitación era de color blanco brillante,
como el pasillo que acababa de dejar
hacía un instante.

No habían columnas, ni muebles de ninguna clase.
De todas forma, no habría espacio que los alojase.

Centenares de cucarachas en el suelo postradas.
Todas boca arriba, quietas, resignadas.

Otras tantas a su lado incorporadas.
Les metían estas sus patas delanteras,
aquellas que acababan en garras,

por una profundidad corporal,
mientras las tumbadas emitían
débiles gruñidos de dolor carnal.

Las cucarachas que estaban de pie situadas,
introducían la mitad de sus extremidades
en aquellas asquerosas cavidades.
Entonces movían las garras en el interior,
como si buscasen algo a ciegas
de lo que tirar hacia el exterior.

Y así era, a las pocas torsiones,
y sin muchas más dilaciones,

de las cucarachas y sus entrañas,
salían unas masas extrañas.

Se trataba de una maleable y pastoso bulto.
de color gris y en una blanquecina pasta envuelto.

Alfredo sintió ganas de vomitar,
no entendió como no se pudo desmayar.

Sin embargo estaba totalmente paralizado.
No podía dejar de mirar, consternado,
aunque al mismo tiempo totalmente fascinado.

Al poco se dio cuenta de aquel lugar
debía de ser donde las cucarachas
iban a desovar.

Se fijó entonces en las cucarachas encargadas de extraer:
tras esa pasta pringosa coger,
en sus brazos se comenzó a estremecer.

<<OTRA TANDA, TRAED LOS CARROS>>
Dijo entonces una de las cucarachas de pie,
con la voz ligeramente alterada por los esfuerzos.

Se escuchó desde las sombras intraspasables de la habitación
el sonido de ruedas antiguas y metal carcomido por la oxidación.

Una decena de cucarachas entonces aparecían.
Carros rudimentarios, parecidos a vagonetas
con firmeza sostenían.

<<ECHAD LAS LARVAS DENTRO,
DEBEMOS LLEVARLAS A LA
SALA DEL REENCUENTRO.>>

Con gran brusqueza
aderezada de torpeza

las cucarachas portadoras,
se desprendieron de aquellas pastas
soltándolas con fuerza como cargas abrumadoras.

En los carros las dejaron caer.
Alfredo sentía como aquellas masas
no se paraban de mover.

Cuando todas las masas fueron arrojadas,
dijo una de las cucarachas:
<<PASO, ¡ABRID LAS ENTRADAS!>>

Nada más oír esto, Alfredo salió de su trance,
y se apartó de la cerradura.
Se fue detrás de una columna para evitar cualquier percance.

A los pocos instantes,
se escuchó el sonido de una enorme cerradura,
y se abrieron los dos portones gigantes.

De ellos salieron dos filas
de carros metálicos,
conducidos por aquellos seres satánicos
que se bifurcaron en un par de líneas.

Cada una se fue hacia un lado.
Al seguirlas con la mirada,
Alfredo vio detrás de cada columna final una entrada
de la que no se había percatado.

Las cucarachas de cada lado que iban delante,
sacaron una llave, abrieron sus respectivas entradas
y marcharon avante,
dejando aquel pasadizo de nuevo vacío al instante.

Alfredo pensó en seguirlas,
y de la forma anterior espiarlas.

Fue primero a la puerta de la derecha.
Se trataba de una entrada muy pobre,
de madera pútrida y semi deshecha.

Dramáticamente contrastaba
con la decoración que en ese pasillo
tan refinado pululaba.

Volvió a mirar colándose en el cerrojo,
y asomando desde este su ojo.

Si las escenas del parto
le parecieron macabras,
la repugnancia de estas
le dejó bien harto.

Las cucarachas aquellos bultos deshacían.
Larvas rosadas y pringosas de estos aparecían,
y los gruñidos que antes había oído Alfredo proferían.

Las cucarachas las acicalaban
y sus blandos cuerpos limpiaban.

Esos pequeños seres, del tamaño de un rostro,
eran cuidados de una forma especialmente detallista,
para tratarse de una raza similar al más espantoso monstruo.

Realmente se podía sentir la ternura,
bajo aquella mirada de cucaracha tan fría y dura.

Sin embargo, al ver aquellas crías indefensas
al visualizar aquellas pastas deformes,
sufrió un escalofrío, recordando unas imágenes perversas.

Un déjà vu espantoso le hizo sufrir un escalofrío espectral.
Tardó un rato en volver de nuevo al mundo real.

<<No puede ser... solo es mi imaginación...>>
pero en esta tenía demasiada convicción.

Raudo como una flecha,
dejó la malograda puerta derecha.

Al otro lado había una entrada izquierda.
<<Me aseguraré de que mi mente
sigue sana y cuerda>>.

Antes de entrar
no pudo evitar

fijarse en el estado de la entrada.
Estaba todavía más decrépita y malograda.

Madera negruzca a punto de desmoronarse,
y tan oscura e inquietante,
que Alfredo no pudo evitar asustarse.

Al meterse por la cerradura,
la habitación estaba demasiado oscura.

No podía ver.
Pero sentía que dentro ocurría algo,
y se quiso entrometer.

Se adentró entonces en la oscuridad,
temiendo por su seguridad.

Vio ante sus ojos otra pequeña galería
con antorchas iluminada.
Era corta, pero le dio la sensación de que cruzarla le costó más de un día.

Las paredes de este pasillo eran negras y oscurecidas.
No había decoración, ni siquiera grabados.
Alfredo se sentía rodeado por paredes envilecidas.

Escuchó escalofriantes ruidos,
acompañados de desesperados rugidos.

Escuchó también sonidos de metal.
Golpeando algo con una furia infernal.

Se horrorizó con cada espantoso choque de acero.
Finalmente, llegó al final, con un presentimiento certero.

De nuevo luz cegadora.
Alfredo estaba a punto de descubrir,
si lo que imaginaba, en la realidad era una cosa mucho más aterradora.

Y acertó completamente.
Lo que vio ante sus ojos quedó grabado a fuego.
Nunca olvidaría tal horror, se quedaría en su memoria permamente.

Alfredo descubrió el lado más oscuro de aquellos insectos.
Descubrió como aquella raza era algo más que un cúmulo de defectos.

Tanto le aterró,
que durante horas,
ni un palmo se movió.

(Bien, sigue en regla lo de dejaros con la tensión del momento.
Lo siento, realmente no puedo evitarlo... pero, ¿que puedo
hacerle? En el fondo sé que esto te encanta. Imaginar que
macabro secreto esconden las cucarachas... lo cierto es que
si lees las últimas 2 o 3 partes antes de esta, probablemente podrás
deducirlo. En fin, la parte XXXI vendrá pronto. Será aún menos
promiscua que la ''XXX''. Jaja, ¿lo pilláis? De todos modos,
mejor paro ya. Disfrutad amigos).




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