miércoles, 28 de diciembre de 2016

Poema Alfrediano: Parte XXVI

(Alfredo ha pedido ayuda a Enigine,
quien se la ha rechazado asegurando
que solo lo hace por su bien, dejándolo
a su suerte).

Ahora, Enigine se encontraba de allí muy distante.
Entre las nubes etéreas de la desolada dimensión
estaba plácido y dormitante.

Hasta poco atrás había vagado
por aquel imperfecto universo,
pero ya del todo se había agotado.

Entre las claras nieblas
se sentía relajado,
podía pasar horas entre las tinieblas.

Tras años de intento fallido,
tiempo atrás una gran proeza
había conseguido.

Era capaz de retener la consciencia
mientras estaba en el mundo de los sueños,
y así reflexionar sobre su vivencia.

Usaba esta habilidad para meditar,
y tras la última ráfaga de ira de Alfredo,
también para en él pensar.

También podía seguir percibiendo
el estado cualquier tejido dimensional
que no hubiese acabado desapareciendo.

En esos momentos de nuevo exploraba
como la estructura universal se hallaba.

Todo ello mientras hablaba para si mismo:
<<Los daños no son especialmente severos...
pero uno o dos enfados, y desaparecerán universos enteros,
precipitándose hacia el abismo...>>

Solo él era capaz de notar
que cada una de las dimensiones,
corría un peligro imposible de igualar.

Si supiese con certeza que Alfredo iba a colaborar...
...pero a penas había hablado con él,
no estaba seguro de si su advertencia iba a olvidar.

y lo peor de todo, solo el sabía,
que si esto quería impedir,
Tarde o temprano, tendría que decidir,
¡Cuando con Alfredo acabaría!

Pues era este una amenaza de gran gravedad,
y aunque el no quería manchar sus patas,
algo le decía que pronto debería apartar su piedad,

y acabar irremediablemente con Alfredo,
antes de que este fuese el que destruyese los universos,
cosa que llenaba su alma de puro miedo.

 Mientras tanto, nuestro amigo seguía encarcelado.
Recientemente otra cucaracha a su lado pasó,
y con animo de dejarle moralmente minado,
unas viles palabras provocativas le lanzó:

<<HOLA GRAN PEDO, A LO MEJOR ESTO TE INTERESA:
EN CUESTIÓN DE DÍAS SALDREMOS A LA SUPERFICIE.
MIENTRAS MATEMOS HUMANOS, TE MANDAREMOS UNA REMESA.>>

Ahora ya había abandonado la felicidad.
En breves perdería a la humanidad.

Solo le quedaba la melancolía...
o eso era lo que pensaba,
hasta darse cuenta de que un dolor interior sentía.

Ya había notado esa sensación.
Recordó prometerse que no la volvería a sentir.
Recordó su desesperación.

La primera vez que la sintió...
entonces, lo recordó.

Fue en la base de ese científico,
que murió justo antes de darle un remedio,
que aseguraba que era eficaz y verídico.

Sintió por aquel entonces una presión inaguantable.
Era la furia, aderezada de la frustración más insostenible,
un poder que desatado se volvía inimaginable.

Maldijo entonces con todas sus fuerzas a las cucarachas y a Enigine.
Maldijo e insultó con más insultos de los que cualquiera imagine.

Su corazón de odio se volvió a teñir,
pues un nuevo ataque de ira
se preparaba este para sufrir.

Comenzó de furia a temblar,
sintió de nuevo que iba a explosionar.

Y entonces se volvió de nuevo rojizo.
Su alma tenía ahora un talante enfermizo.

Enigine no se encontraba allí en ese momento,
si no que seguía reposando por algún lugar perdido,
de entre todas las dimensiones del firmamento.

Aún así, pudo sentir en lo más hondo de su ser,
un desgarrador grito de furia,
que le perforó como a un globo un alfiler.

Sintió como a su alrededor
la realidad se desgarraba
e iba de mal en peor.

<<¿¡Qué he hecho?!
Porque eso le tuve que haber dicho...

<<Debí encubrirle una vez más,
aunque las consecuencias
fuesen peores en el futuro, pero ahora no hay marcha atrás...

<<Cada inestabilidad en su comportamiento,
en el deterioro de la realidad
irá en detrimento...

<<Y lo peor es que si a estas alturas se entera de la gravedad,
y de lo que debe hacer para salvar a su amantísima humanidad,

<<Sufrirá tal sobrecarga emocional,
que entonces si será nuestro final...>>

Volviendo de nuevo a la mazmorra-cucaracha
la sed de sangre era inabarcable.
Hubiese deseado poder coger un hacha,

y cortar a cada una la cabeza
con gran energía y entereza.

Seguía encarcelado,
pero eso pronto
habría acabado.

Embistió la pared con toda su fuerza.
Trozos de cucaracha fosilizada
salieron volando, ligeros como hojas de berza.

Se retiró un poco,
y cargó de nuevo como un loco.

Cada vez que arremetía,
caparazones, patas y cabezas
desprendía.

Aquella macabra estructura
no era tan dura,

cuando quedaba enfrentada
a una furia descontrolada.

Desde la parte del muro exterior,
decenas de cucarachas asustadas
aguardaban saber lo que sucedía en el interior.

Mucho no tuvieron que esperar,
pues unos segundos más tarde,
la pared que le retenía se acabó por derrumbar.

Una polvareda de gran extensión,
unida a trozos de cucaracha resecos
de gran miscelanea y extensión,

volaron en mil direcciones,
dando directo contra
las demás aberraciones.

De ella salió el furibundo Alfredo a toda velocidad.
Solo pensaba en sufrimiento, dolor, atrocidad.

Se abalanzó sobre las aberraciones que le miraban,
y se restregó de lleno para ver si se gaseaban.

Estaba deseando ver como se desintegraban,
como aquellos animales deformes
sus cuerpos se volatilizaban.

Pero aún en su furia extremada,
quedó su mente loca
totalmente desbordada.

No solo no morían,
ni sufrían ningún efecto adverso,
de un Alfredo bárbaro y perverso,
si no que cruelmente se reían.

<<¡ERES PATÉTICO!>>
<<¡JAMÁS NOS MATARÁS,
DA IGUAL QUE ESTÉS COLÉRICO!>>

Por más que les rodeaba,
el metano apestoso
no les afectaba.

Las cucarachas eran totalmente inmunes,
y continuaban sus burlas y abucheos impunes.

Lejos de mitigarlo,
estos comentarios
aún más hicieron enfadarlo.

Ya no era capaz de pensar.
La ira le dominaba,
y ahora iba a manejarlo en su lugar.

Sintió entonces esa conocida sensación,
que Enigine le había recordado
para su impresión.

Como a un nivel atómico, la realidad
comenzaba vibrar a su alrededor,
como los átomos se movían
y parecíase que se rompían
ante su irracional impiedad.

Pero esta vez la sensación fue mayor,
mucho más magnificada
cuando llegó a todo su esplendor.

Notaba como si todo se rasgase,
como si su alrededor se transformase en un vacío,
pero ahora mismo no parecía que le importase.

No conocía la cautela,
su enfado era ahora
lo único que le tenía en vela.
¿Sería para el universo su última hora?

Fue entonces cuando se comenzó a hinchar.
Y Enigine, ya despierto, solo pudo pensar:
<<¿Podrán las dimensiones otro choque así soportar?>>

Pronto lo iba a averiguar.
Ya era tarde para detener a Alfredo.
Tan solo podía desear,
que aquel enloquecido pedo,

no acabase con todo lo que rodeara,
cuando en unos instantes
todo su poderío finalmente exploraba.

(El odio, esa emoción tan despreciable,
pero que todos necesitamos, aunque sea un minimo.
Es algo propio del ser humano, y también del Alfrediano.
Por una parte, puede ser necesaria su existencia,
por otra puede ser devastador, y sembrar mucha
muerte y destrucción por todas partes. No sé por qué,
algo me dice que en el caso de Alfredo está más cerca de suceder
lo segundo... intuiciones probablemente. El hecho
de ser el autor no influye para nada, claro. En la
parte XXVII sabremos si tenía razón sobre lo que voy a escribir...)


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