lunes, 5 de diciembre de 2016

Poema Alfrediano: Parte XVIII

(Alfredo ha recorrido una inmensa estepa,
con animales familiares aunque extraños,
y un vasto territorio de hierba. De golpe,
tras una noche de trayecto, amanece en un
lugar nada familiar para el).

En unos breves momentos
el horizonte ya se vislumbraba,
y a los pocos unos minutos
un nuevo escenario contemplaba.

Se encontraba en una explanada enorme y lítica
en la que no se apreciaba ni la forma de vida más raquítica.

Habían también montañas del mismo material
que se alzaban solitarias y dispersas
en aquel destino tan irreal.

Eran simples altiplanos sueltos,
todos altísimos y escarpados
y entre ellos separados;

su cima quedaba totalmente cubierta
por una densa y oscurecida niebla
que tapaba los cielos de aquella tierra muerta

Era como un desolado mundo de cemento,
con aquel cielo de neblina grisácea y triste
sacado de un fúnebre y macabro cuento.

Asemejaba aquello al purgatorio,
una especie de siniestro limbo
oscuro, triste, intransitorio.

A pesar de estar en aquel escenario
Alfredo solo sentía algo de desconfianza,
de tan acostumbrado que estaba a lo extraordinario.

Bien es cierto que su etéreo cuerpo estaba tenso,
hasta el punto de que no era apenas capaz de moverse.
Finalmente, optó por acercarse a la niebla haciendo un ascenso.

Subió y subió hacia aquella capa espesa,
pero se llevó una ingrata sorpresa.

De repente sintió una poderosísima presión.
Era incapaz de atravesar aquella misteriosa y grisácea niebla,
como si algo le empujase hacia abajo por alguna extraña razón.

Por más que se esforzara
seguía siendo empujado hacia atrás,
y es normal que al poco rato se cansara.

Alfredo se sentía totalmente desconcertado,
¿Qué es lo que le había pasado?

Siempre había sido capaz de atravesar cualquier cosa,
incluso el suelo, debido a su forma gaseosa.

Era capaz de filtrarse hasta en el material más duro,
y sin embargo, una simple neblina
actuaba como un impenetrable y denso muro.

Nunca antes había experimentado esta sensación
y estaba ahora atacado por la confusión.

Descendió hasta aquel suelo pedregoso,
tras aquel ascenso tan poco exitoso.

<<Si no puedo ascender hasta los cielos,
deberé buscar el camino en los suelos>>.

Y así, se abalanzó sobre estos,
pero su decepción solo aumentó
al dar de bruces con ellos.

Tampoco era capaz de atravesarlos.
Una presión similar a la del cielo
le impidió cruzarlos.

Aquí fue cuando realmente Alfredo se asustó.
¿Qué clase de dimensión era aquella?
¿Como es que filtrarse no consiguió?

Reparó mejor en aquella misteriosa superficie.
No presentaba ni una minúscula rendija,
desnivel o siquiera altiplanície,

-Si exceptuamos aquellas monumentales montañas
largas y estrechas que por todas partes pululaban separadas-

Tomó entonces Alfredo una decisión:
Viajaría en línea recta y sin rumbo fijo,
hasta escapar de aquella abominación.

Y así, continuó su viaje,
intentando ignorar
que se encontraba en aquel paraje.

Mientras se alejaba miraba al horizonte,
también oculto por una neblina entre gris y blanquecina,
el cual iba dejando ver al acercarse algún que otro nuevo monte.

Conforme avanzaba se veían más de aquellas elevaciones,
absurdas y fantasmagóricas que parecían visiones.

Parecía aquello una especie de prisión etérea,
desdibujada y sin ninguna barrera corpórea.

Poco después percibió que aquel lugar no solo a el atrapaba.
Desde aquel misterioso amanecer,
no había vuelto a anochecer.
El tiempo parece que allí tampoco avanzaba.

Para asegurarse y mientras seguía el camino recto,
decidió ir contando desde el número uno mentalmente,
para así reafirmarse en que esto era correcto.

Siguió contando y contando
a medida que se iba moviendo.

Cuando alcanzó el número diez mil,
aún no había cambiado la iluminación
en aquel mundo triste y vil.

Siguió hasta duplicar esa cantidad,
pero el escenario seguía igual
en su inmensa totalidad.

Agotó su paciencia antes de triplicar,
y es que no hacía falta seguir,
para este hecho confirmar.

Un sudor frío y metafórico
quebrantaba ahora su espíritu estoico.

Ya eran muchos y muy diferentes
los páramos que había visitado antes:

oscuras tinieblas,
frondosas estepas
y tierras abrasadoras

pero jamás pensó que lo que más temería,
era aquel enigmático limbo,
que en lo más profundo de su alma se quedaría.

En ningun otro sitio imperaba tal desolación.
Ni en la calcinada tierra en la que antaño sobrevivió,
donde mil lenguas de fuego sometían el mundo a la cremación.

Mientras cavilaba,
su trayecto avanzaba,

aunque algo le decía que tan solo avanzando,
el final de esa pesadilla no acabaría llegando.

(Menudo lío en el que se ha metido Alfredo.
¿Cómo escapará de este misterioso páramo?
¿Qué sorpresas le depara el futuro? Y,
¿Por qué no esperar a la siguiente parte, la
número XIX? Hasta entonces, amigos) 




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