jueves, 1 de diciembre de 2016

Poema Alfrediano: Parte XVII

(Alfredo ha abandonado temporalmente
a los humanos. No quiere que dependan
de el para que crezcan como una especie fuerte,
y además, así podrá seguir viajando por
aquel amplio mundo).

Poco tardó Alfredo en perderles de vista,
y a los minutos al gran árbol ya no le seguía la pista.

Ahora volaba despreocupado,
sin ningún rumbo determinado,
y de milagro de los humanos no se hubo olvidado.

Flotaba de nuevo en aquel océano estepario,
ese cúmulo de vegetación legendario,

y mientras pasaba el primer día de recorrido,
Alfredo deseaba que el tiempo se hubiera detenido.

A su camino, encontraba de nuevo otros animales:
desde diminutas ratas y roedores, hasta caballos salvajes,

pasando por marmotas silvestres,
tortugas e incluso algunas aves.

Algunas de esas criaturas tenían algún punto inquietante:
una parte de ellos tenían unos ojos rojizos y oscurecidos,
que aunque no inquietaban tanto como los seres de ojos brillantes,
asustaban al pedo, evocándole entes diabólicos y poseídos.

Esta vez, las teorías Alfredo se equivocaban,
pues tan solo eran nuevas variantes
de especies que desde antaño la tierra poblaban.

Otros presentaban colores extraños en tales animales,
viendo desde seres albinos hasta ligeramente verdosos o amarillentos,
pelajes que en ellos no eran nada normales.

<<Nunca había pensado que a tal cataclismo,
hubiese sobrevivido tanta especie y organismo>>
Se decía Alfredo a sí mismo.

Y no era de extrañar que dudara,
resulta raro que entre toda la vorágine de caos,
tal amalgama de especies perdurara.

No duraron mucho sus reflexiones al respecto,
pues su dispersión le impedía fijarse en cualquier aspecto.

Plácidos días volvieron a alternarse con insípidas noches;
y entonces, sucedió algo increíble para nuestro pedo.
Por primera vez se volvió a ver tormentas y aluviones:

encontrábase vagando en un bello atardecer,
cuando el cielo se comenzó a estremecer.

Enormes masas de nubes furibundas,
empezaron a agruparse y a rugir todas juntas.

El sol quedó ocultado por estas,
mientras en nuestro Alfredo,
sensaciones de alerta fueron puestas.

<<¿A caso he vuelto a la región de las sombras?
¡No puede ser! ¡La aniquilé con la fuerza de mil bombas!

<<¿Quien sabe si solo acabé con una pequeña porción,
de ese mundo oscuro y repleto de perdición?>>

Pero la caída de las primeras gotas,
disipó el miedo y las sensaciones adversas.

Habían rayos y truenos, y con gran fuerza llovía,
(algo raro que en una seca estepa nadie esperaría).

Pero Alfredo, que jamás había visitado una,
estaba encantado, sin tener duda alguna.

Tras siglos de caos e inestabilidad,
era reconfortante, y causaba felicidad,
ver esos cielos benignos lloviendo con tanta bondad.

<<Había olvidado por completo la lluvia y la tormenta...
es bello ver como las nubes riegan la tierra sedienta.>>

Y así, disfrutó plenamente de la tempestad,
de como las gotas caían y caían,
y de como traspasaban su cuerpo intangible sin dificultad.

Alfredo sentía en esos momentos una intensa sensación de frescura,
como si ese agua caída del cielo le transmitiese una esencia vital y pura.

Cada uno de esos diminutos puntos de agua que le atravesaba,
se presentaba como un maravilloso y relajante masaje.
A Alfredo no le hubiera importado que la lluvia de aquel paraje,
durase mil años más, tan a gusto se encontraba.

Pero a las pocas horas, la lluvia se disipó,
y Alfredo su camino sin rumbo continuó.

Y tras semanas de placentero viaje,
algo extraño sucedió en aquel paraje.

Se presentaba una noche de luna nueva,
y los cielos eran oscuros como la más negra cueva.

Tampoco habían estrellas en aquella región,
ni ninguna otra iluminación.

Alfredo, no obstante, continuaba avanzando,
ya no por los paisajes, ahora invisibles,
si no por inercia, del tiempo que se llevaba desplazando.

Pronto dejaron pisadas de animales a su alrededor.
Ya no se escuchaba ni siquiera a las diminutas ratas
que siempre huían de el con sumo terror.

La tenebrosa noche pasó tranquila y apacible,
mientras Alfredo se movía cual fantasma.
Ya en el alba llegaron los atisbos de luz visible.

Alfredo miró entonces el suelo sobre el que flotaba.
Era de roca desnuda, y ninguna planta lo habitaba.

Se movió rápidamente unos metros más adelante,
para encontrar suelo del mismo talante.

Comenzó a ponerse de los nervios:
Aquello no se parecía en nada a la estepa,

Definitivamente ya amanecía,
y todo se aclaró más
con la incipiente luz del día.

(Llegar sin saber como a un paraje desconocido...
si, creo que es la tercera vez que le pasa a Alfredo
en lo que va de epopeya. Más vale que se acostumbre.
O tal vez debería idear situaciones más originales...
¿quién sabe? En fin, más y mejor en la parte XVIII).





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