sábado, 12 de noviembre de 2016

Poema Alfrediano: Parte XIV

(Anteriormente, un estallido de ira
se apodera de Alfredo, el cual, mediante
una gigantesca explosión de furia
aniquila aquellos oscuros páramos y sus
tinieblas. Su instinto le indicará el camino
de vuelta a los humanos, para saber si estos han
logrado salvarse).

Comenzó Alfredo a guiarse por su intuición,
entre aquel vestigio de destrucción,
mientras sentía una creciente preocupación.

Si definitivamente la humanidad desaparecía,
¿Entonces con quien se comunicaría?

Es cierto que antaño de el todo el mundo escapaba,
pero aún así, en encontrar una excepción todavía confiaba.

Por otra parte, los humanos eran auténticos supervivientes,
resistiendo estoicos catástrofes, erupciones y grandes desastres.

Invencibles como parásitos,
su existencia no era un mero tránsito.

Aquella tierra incierta, caótica y borracha,
era, es y será propiedad del hombre,
adaptable y resistente como la cucaracha.

Alfredo continuó pensando,
y por aquel yermo avanzando

Con el tiempo, comenzó a aminorar el ritmo,
-y es que, hasta un pedo tiene su biorritmo-

El día con la noche se alternaba,
y su instinto aún le decía,
que el trecho aún seguía,
y por lo tanto esperanza quedaba.

Esta vez Alfredo no perdió la paciencia:
<<Más de una vez, mi impaciencia,
ha estado a punto de evitarme una nueva experiencia>>

se decía a veces sobre todo refiriendo
al gran túnel, el reciente páramo de la penumbra,
y demás experiencias que ahora estaba recordando.


Y su espera fue bien compensada.
La vegetación por fin fue vislumbrada.

Pequeños brotes resistentes
habían aguantado su furia
y gas más pudente.

Esa sensación instintiva fue acrecentando,
y se alegró de estarla experimentando.

Continuó su marcha, mientras a su alrededor,
volvía el verde manto en todo su esplendor.

Regresaba la hierba,
alta como media pierna.

Los animales no tardaron en hacer presencia,
pero esta vez, sin una oscura esencia.

Volvían a aparecer seres normales,
al contrario que sus contrapartes infernales.

Y, finalmente, acabó vislumbrando el gran árbol,
a sus ojos bello como el blanco mármol.

Estaba totalmente igual,
que cuando lo dejó
para ir a ese páramo inusual.


Aunque estaba a poca distancia,
llegar hasta sus raíces
podía con su impaciencia.

Finalmente, se situó bajo la copa del árbol monumental,
allí donde le tapaba la sombra de esa maravilla tan especial.

Tampoco esta vez le hizo falta elevar la vista hacia arriba,
sabía muy bien lo que en la copa había.

De nuevo, una sonrisa sincera y paternal
se dibujó en su rostro triunfal.

Aquel grupo aún ahí arriba se encaramaba,
tenaces y resistentes, esos eran los humanos
que el bueno de Alfredo recordaba.

Aún Alfredo no sabía,
como les convencería.

Le llegó entonces la inspiración
mś propia de la inprovisación.

Y es que a veces una idea estúpida,
funciona mejor que una estrategia,
púlida y bien planificada,
o al menos esto aprendió en su peripecia.

Subió hasta arriba de ese cúmulo de hojas,
manteniéndose alejado de los humanos
para no dejarlos intoxicados,
como pasó con sus oleadas de furia rojas.

Los humanos, que solo entonces lo detectaron,
(por su fétido aroma lo encontraron)
inmediantamente le hablaron:

<<Gran y pútido monstruo,
hemos visto desde aquí tu arrebato,
y como destruías ese lugar de modo arduo.

<<Pero no podemos confiar todavía,
nuestras vidas valen demasiado,
y estamos desamparados en esta algaravía.>>

Dijo Alfredo: <<¿A caso no veis donde estoy?
Prestad atención, ¡Que es para hoy!>>

Detectó entonces ese grupo superviviente
que ahora ahí arriba había un nuevo residente,

y el pánico les dejó helados,
sin poder hablar,
así estaban de trastornados:

<<¿Realmente no os dais cuenta,
de que podría haber subido cuando quisiera
y haberos devorado como caramelos de menta?

<<Hablais de desamparo, pues yo seré vuestro protector,
y os ayudaré hasta mi verdaderamente último estertor.

<<Ahora que conocéis mis intenciones,
por favor, bajad sin más dilaciones>>

Murmullos recorrieron toda esa zona,
y tras harto debate y discusión
comenzaron su descenso a esa hierba lozana.

(Parece ridículo, pero sí, Alfredo ha conseguido
en minutos lo que no se le ocurrió en semanas...
tal y como sucede en la vida real... ¿no?
Bueno, esto no importa ahora. ¿Que hará una vez
esten todos los humanos ahí abajo? Lo sabremos en
la parte XV, o 15 para los nacidos después del 476 d.c.).




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