miércoles, 9 de noviembre de 2016

Poema Alfrediano: parte XIII

(Anteriormente, Alfredo vaga por oscuros
páramos, rodeado de criaturas oscuras
y tinieblas. Casualmente encuentra a
su amigo, el anciano científico de décadas
atrás, pero justo cuando va a preparar un
remedio para la afección de Alfredo, muere,
frustrando a Alfredo hasta enfurecerle).

El pedo se encontraba furibundo,
pues había perdido su último pasaporte
para ser aceptado en este mundo.

Inconsciente de cualquiera de sus actos,
ascendió lanzando hedores putrefactos.

Tal era la peste que desprendida,
que al llegar a la compuerta,
esta prácticamente quedó derretida.

Alfredo no reparó en este suceso,
de hecho, estaba alterado en exceso.

Tantos años, siglos y milenios,
todo para ver de nuevo escapar
sus más preciados sueños.

Una vez en el exterior,
cientos de ojos brillantes
le miraban con furor.

Aquellas bestias repugnantes,
seres oscuros, infernales
y criaturas reptantes...

Su vileza y fealdad,
así como la inmundidad

solo transformaban su anterior temor,
que ahora era puro odio revestido de un falso valor.

Descargó toda su rabia incipiente,
sobre todo oscuro ser viviente.

Allí donde su rojo cuerpo se posaba,
esa caterva de entes agonizaba.

A medida que rodeaba a las aberraciones,
morían tras breves combulsiones.

También la negra hierba se resentía,
por donde flotaba desaparecía.

En medio de este apogeo de pasión,
para ninguno de esos entes hubo salvación.

Finalmente, y tras horas frenéticas,
acabando con esas deficiencias genéticas,

Alfredo, aunque todavía con fuerzas,
detuvo su matanza de criaturas abyectas.

Aún rojizo, y aún enfadado,
el clímax de su desahogo
ahora había comenzado.

Su figura se hinchó y expandió,
por encima de los cadáveres,
en su totalidad creció.

Instantes más tarde,
de una colosal figura
podría haber hecho alarde.

Su área se extendía ahora a metros por centenares
y bajo el las bajas se contaban por cientos,
a su gas corrosivo no escapaban esos seres peculiares.

Sintió de pronto una extraña sensación,
ínfima pero tan confusa
que nunca para ella habría encontrado descripción.

Era como si todo a su alrededor temblara,
como si cada una de todas las partículas de este mundo,
al ritmo de su creciente ira danzara.

Era un movimiento tan abrupto y violento,
que cualquiera que lo hubiese sentido,
pensaría que toda la materia
iba a destruirse de un modo truculento.

Pero Alfredo no prestaba atención,
su ser estaba nublado
por la semilla de la destrucción.

Y fue en ese momento cuando sucedió:
nuestro pedorro protagonista, literalmente estalló.
Una inmensa oleada de metano corrosivo se extendió,

todo ello acompañado un inmenso grito colérico,
que, ahora sí, culminaba el enfado del pedo histérico.

El fétido olor del pedo hasta el horizonte se propagó,
y toda presencia que con este se topaba desintegró.

Tardó unas horas en disiparse,
y a los pocos días,
la este ya acababa de evaporarse.

Tras este épico suceso,
desapareció aquel área,
eliminada por su ira ex proceso.

Tinieblas y criaturas fueron borradas;
nunca jamás pruebas de su existencia
allí serían encontradas.

Desapareció el bunker, desapareció la yerba,
y desapareció aquel grupo de seres, esa caterva.

Aquel nefasto lugar,
en un yermo se acababa
de mimetizar.

Ahora, un reluciente día soleado,
todo ese lugar yerto de suelo marrón
mantenía iluminado.
 
Cuando la explosión tuvo lugar,
Alfredo su consciencia pudo recuperar.

Creyó que en ese momento iba a morir,
y esta vez nadie le podría revivir.

Pero al contrario de lo que esperaba,
su vida aquí no acababa.

Alfredo sobrevivió a su explosión,
y revocó así su transformación,
volviendo a ser la mínima expresión.

Tras todo esto, estaba desorientado,
jamás de su poder se había percatado.

No recordaba gran cosa de lo sucedido,
pero lo poco que retenía
le hizo sentirse arrepentido.

Se prometió aquella ira frenar,
para en el futuro,
por esta no dejarse llevar.

Solo le vino un temor en mente,
asegurarse de que sus humanos,
no habían perecido fatalmente.

Ello le hizo olvidar
la muerte del científico
que su problema iba a arreglar.

Ahora debía urgentemente volver,
comprobar si aquellos que en el árbol vivían,
y por su culpa no habían acabado por perecer.

A pesar de que ahora ya no había sombra,
y el día ocultaba todo rastro de penumbra,

el camino de vuelta había quedado desintegrado,
y ni el más experto viajero se podría haber orientado.

Una sensación primigenia embargó a Alfredo,
parecía que el instinto guiaría a nuestro pedo.

(Lo que te hace un buen cabreo, ¿eh?
No, si cuando te pilla un día tonto...
el caso es que hasta la parte XIV, me temo
que no sabremos el alcance que ha tomado
el enfado de Alfredo. Esperemos que sus
humanos estén bien...)

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