viernes, 4 de noviembre de 2016

Poema Alfrediano: Parte XI

(Anteriormente, Alfredo habla con los
humanos, que le rehuyen como a un
monstruo. Alfredo promete que se ganará
su confianza, aunque aún no sabe como).

Como Alfredo idea no tenía,
de como su confianza se ganaría,

resolvió que lo mejor que podía hacer,
era dejar a esos humanos,
pues ellos solos ya se podían valer.

Devorado otra vez por la curiosidad,
y mientras no pudiera poner de su lado a la humanidad,

le dió por aquel extenso campo de yerba cruzar,
pues estaba convencido de que en algún punto,
los dominios de este iban a terminar.

Despidióse de los humanos,
sin recibir respuesta
de estos supervivientes natos.

<<Cuando sepa como les puedo convencer,
volveré en lo que dura un atardecer>>

Por perderse no se tuvo que preocupar,
pues tal era el hedor que desprendía,
que entre la yerba un rastro tenía que dejar.

Así, por ahí por donde se movía,
la yerba entre la que pasaba,
quedaba marchita y se moría;
al caballo de Atila recordaba.

En línea recta avanzó,
y pocas veces se paró.

A su ida, aunque al principio más sosegada,
encontró especies que dejaron su mente marcada.

Animales extraídos de un relato de terror,
bestias que conducían a la locura y el horror.

A medida que avanzaba,
y cuando ese viejo árbol,
ya ni siquiera avistaba,

No exagero para nada si digo que esas aberraciones
parecían del diablo auténticas personificaciones.

Al comienzo de su trayecto,
descubrió antiguos animales,
ninguno de ellos tan abyecto.

Reconocía entonces entre las yerbas
leones, cabras e incluso algunas cebras.

Los animales con el tiempo, comenzaban a degenerar,
aunque a un ritmo más lento de lo que se pudiera sospechar,

Incipientes taras genéticas,
aparecían incesantmente
en esas criaturas patéticas

Cada vez seres más monstruosos,
de grandes garras, protuberancias
y deformes miembros incoloros.

Desquiciaban la moral del noble Alfredo,
el cual, aunque invulnerable a esos seres,
no podía evitar una sensación cercana al miedo.

Pero si algo en común tenían,
es que hasta los más vagos vestigios,
del pobre pedo huían.

Tal vez fuera por puro instinto,
o simplemente debido a su hedor,
quien sabe si a un factor distinto.

También la vegetación cambiaba,
conforme Alfredo avanzaba.

Lo que antes era una vital y verdísima pradera,
había quedado reducido a malas hierbas,
que de color negruzco y sensación perecedera,
Habían degenerado al mismo tiempo que las bestias.

Todo se reducía a un vasto dominio de muerte y amargura,
en el que reptaban criaturas nacidas de la locura.

Tierras de un toque cada vez más espectral
que se extendían a una distancia inalcanzable,
y el horizonte solo era un mero umbral.

Las noches allí eran un espectáculo inquietante.
Allá donde la vista se posara,
se veía desfiguraciones arrastrándose incesantemente.

Sus ojos, malignos y desprovistos de parpados,
en la oscuridad de la noche brillaban crispados.

Observaban a Alfredo, interesados,
aunque también bastante atemorizados.

Y durante la noche, tal era la tensión,
que Alfredo era incapaz de moverse,
de su insignificante posición.

Solo por el día se desplazaba,
puesto que tanto pánico,
entonces no pasaba.

El entorno, cada vez más degenerado,
con mayor intensidad había cambiado.

Semanas después de haberse adentrado
en este territorio demonizado,

tinieblas comenzaron a entreverse
en el lejano horizonte,
más al acercarse comenzaron a extenderse.

Finalmente, el cielo hasta entonces azul y diurno
quedó totalmente recubierto por este manto nocturno,

y el pobre Alfredo prácticamente quedó cegado;
la noche perpetua había llegado.

<<Algo ha tenido que salir mal,
aquí hay un error fatal...

<<La máquina de esos misteriosos chusos
no debería haber creado estos páramos confusos,

<<¿Qué puede haber causado este lugar?
¿Y qué hay de esos monstruos,
que ya dan pavor solo de imaginar?>>

Se movía casi sin rumbo concreto
y cada vez sentíase más perdido,
sin saber como salir de ese lugar secreto.

En varias ocasiones presenció a los animales cazando,
a pesar de ya solo poder ver sus brillantes ojos destelleando.

Se apreciaba como esa mirada fulminante
se dirigía hacía otra idem sin dudarlo un instante,

y tras un breve momento para impulsarse,
el depredador saltaba sin inmutarse.

Caía el carnívoro sobre los otros pares de ojos,
y ambos rodaban por el suelo,
mientras uno le arrancaba al otro sus débiles miembros fofos.

Tras unos momentos de débil forcejeo,
uno de los dos penetrantes pares de ojos,
desaparecían sin dejar lugar a más titubeos.

Se escuchaban entonces sonidos horrorosos,
que significaban devoraciones dantescas,
y casi se podía percibir como las arterias arrancadas,
eran devoradas por bocas plagadas de dientes asquerosos.

Y en este dantesco panorama,
Alfredo sentía como destacaba,
y su presencia se observaba
por todos los seres de aquella amalgama.

Pasó un tiempo indefinido,
probablemente un mes o dos,
sin que nada hubiera ocurrido.

Encontrar el camino de vuelta imposible,
pues con la oscuridad, el rastro de negra yerba
era ahora practicamente invisible.

Pensó entonces en regresar,
y ya intentaría de algún modo,
que los seres humanos le pudiesen tolerar.

Reparó cuando ya se iba a girar
en una rareza sin par:

algo parecido a una piedra metálica,
que repuntando entre toda la oscuridad,
brillaba de forma enigmática.

Al acercarse Alfredo a esta,
su inquietud en escena fue puesta:

Se trataba de una gigantesca compuerta,
seguramente ideada para esconderse
de toda esa zona lánguida y muerta.

La impresión del pedo aumentó
cuando se acercó.

La entrada no estaba del todo cerrada.
Una minúscula rendija le fue revelada.

Alfredo optó por entrar
para poder descansar.

Ya saldría al exterior después
para irse de ese páramo,
y no volver ni con los sesos hechos purés.

Descendió entonces escotilla adentro,
pero solo oscuridad acudía a su encuentro.

Seguro de seguir bajando,
acabó el suelo alcanzando.

Encontrábase de repente en una habitación,
pero tan oscura estaba,
que no podía permitirse la más mínima visión.

En ese momento, las luces de la habitación se encendieron,
y cuando por fin al destello los ojos de Alfredo se acostumbraron,

encontró a quien jamás pensó que volvería a ver.
A alguien, que tras tanto tiempo, le costó reconocer,
pero finalmente, en sus recuerdos volvió a aparecer.

(Flipa... qué de versos, ¿eh? Perdón
por tanto coloquial a la vez... de hecho
moverme por la vida de otra forma distinta
a la que escribo me hace confundirme
muy a menudo... a lo que iba, la
próxima entrega nos dirá con quien se topa
Alfredo. Y no os quejéis... que esta es el
doble de larga, ¿eh? ¡Chao, hasta la parte XII!)




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