viernes, 28 de octubre de 2016

Poema Alfrediano: Parte VIII

(Tras la poderosa explosión,
la máquina se destruye, y toda la
sala se queda sumida en la oscuridad.
Alfredo ha conseguido filtrarse entre
los escombros, llegando hasta la superfície).

Un enorme manto azul cian se extendía
más allá de donde su debilitada vista veía.

En el horizonte, la coloración se tornaba anaranjada,
se trataba del sol, que por primera vez en milenios,
se mostraba sobre esta tierra arrasada.

<<Es el primer amanecer...>> -Meditó el cuesco-
<<...Hoy comienza una nueva era en este mundo dantesco...>>

Salió enteramente de las profundidades su cuerpo gaseoso,
alejándose definitivamente del mundo subterraneo y horroroso.

Pero a pesar de su regocijo,
se quedó inmóvil cual botijo.

Y es que Alfredo muchas aventuras había vivido;
 y durante más de mil años su ritmo
no había interrumpido.

Hallábase totalmente agotado,
y antes de darse cuenta,
sobre el suelo de césped se había derrumbado.

<<Con una pequeña y breve siesta
conseguiré amueblar mi tiesta...>>

Y así, Alfredo comenzó su larga y onírica experiencia;
tal era su cansancio, que muchos años duraría su ausencia...

Tuvo tiempo para soñar muchas cosas, bajo ese cielo azul,
pues el tiempo que descansó en el lecho
no lo podría dormir ni el humano más gandul.

Soñó con el hombre del cuchillo azulado,
la máquina que había implosionado,

con la rana que mucho antes le traicionó,
(aunque nunca supo que poco después,
al caerse por un barranco se desnucó),

E incluso con aquel científico anciano,
que le aseguró que algún día sería humano.

El tiempo de su entorno fue pasando,
hasta que finalmente, acabó despertando.

Tuvo un sueño muy cómodo,
(como el suelo estaba cubierto de hierba,
no hubiera podido ser de otro modo)

Tras décadas de sueño reparador,
se despertó en todo su esplendor,
así como el paisaje de su alrededor.

Le dió tiempo a visualizar,
todo lo que antes su dañada visión
le impedía observar.

Se encontraba en una inmensa pradera,
en la que parecía que siempre fuera primavera.

Algunas nubes el cielo salpicaban,
a gigantescos trozos de algodon se asemejaban.

El suelo quedaba recubierto de hierba verde,
extendiéndose más allá de donde el horizonte se pierde.

A un lado, un pequeño riachuelo,
de aguas cristalinas que reflejaban
el mismísimo cielo.

Le sorprendió la enorme falta de árboles,
arbustos, o siquiera silvestres coles.

Solo un enorme abeto se erigía,
en una pequeña elevación que allí había.

Sin embargo, no le dió demasiada importancia,
ya que ahora vivía en un mundo hacía el que sentía
más apego y mucha menos discrepancia.

Aunque Alfredo durante su larga vida lo tendría muy presente,
ya rastro no había de fuego, miseria y volcanes con lava fluente.

Todo esto para siempre había terminado,
y como volvió a repetirse el pedo,
una nueva era había comenzado.

Su enorme regocijo y alegría
duraron el resto del día.

Finalmente, se convenció del fin de la destrucción,
y se aseguró de que no soñaba esto, y vivía en realidad,
en un mundo de muerte y perdición.

Fue entonces reparó en la falta de vida animal.
Los sonidos habituales de las bestias,
ahora eran sustituidos por un silencio sepulcral.

Aunque al principio sentíase algo preocupado,
esta contrariedad no le dejó desmoralizado.

Pensó para sus gaseosos adentros:
<<Humanos, os encontraré,
¡aunque sea con mis ultimos alientos!>>

Convencido de que finalmente,
este problema se iba a solucionar,
decidió aguantar (aunque ansiosamente)
hasta la mañana siguiente para comenzar a explorar.

Esa noche se hizo larga de forma desmesurada,
puesto que Alfredo no pudo echar ni una cabezada.

(Tras seis meses únicamente sobando,
era incapaz de estar un rato sesteando).

Así que esperó, esperó y esperó...
y cuando pensaba que se iba a desquiciar,
la mañana finalmente lo sorprendió.
Su búsqueda ahora iba a comenzar.

(Jope, impacientes por la nueva
parte, ¿eh? se llama suspense.
Dejar algo suspendido en el punto
de intriga durante tiempo indefinido...
sumamente malévolo. De todas formas intentaré
no hacer esperar mucho, y pronto tendremos aquí
la novena parte. Au revua!)


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