domingo, 9 de octubre de 2016

Poema Alfrediano: Parte IV

(Alfredo ha sido congelado en una helada durante
dos milenios, hasta que el hielo ha sido derretido.
La tierra es ahora un auténtico infierno. No obstante,
debido a las altas temperaturas, Alfredo es desintegrado.
Tras un tiempo indefinido, un misterioso hombrecillo lo
revive. Le habla sobre una misteriosa secta, y un sistema
para devolver el mundo al estado normal. A continuación,
se suicida. Alfredo está solo. ¿Qué hará ahora en este mundo
tan horrible? Ahora lo veremos)

Alfredo decidió hacer caso a ese pobre desgraciado,
que por el se había apuñalado y sacrificado.

Vagó durante décadas como un fantasma,
un ser sin cuerpo ni alma hecho solamente de plasma.

Viajó y viajó, en un mundo sin vida, sin humanos,
se sentía igual que cuando estuvo en el mundo de los muertos.

Pasaron décadas, y curiosamente se olvidó
de que no quería ser un pedo, no lo recordó.

De hecho probablemente se olvidó incluso de lo que era.
No había rastros de sociedad, nada quedaría en un ambiente que siempre ardiera.

Pero la soledad absoluta no sienta bien a nadie,
y si es eterna, como en este caso, es una barbarie.

Alfredo comenzó a sentir paranoias,
la cabeza le fallaba sentía falsas fobias.

Se preguntaba: <<¿Me estaré volviendo loco?>>
Y una voz en su interior respondía: <<Se te ha ido el coco...>>

Alfredo se sobresaltó: <<¿¡Quién me ha hablado?!>>
Y esa voz:<<Tu mente ha enfermado... estas perdido...>>

Era todo producto de su imaginación,
pero Alfredo se encontraba en total tensión.

<<Vamos Alfredo, entra en pánico,
serás un alma en pena en este mundo tiránico...>>

Entonces enloqueció totalmente.
Buscó un lugar donde esconderse desesperadamente.

Pero todo era llano, sin escondrijos,
no tenía el más mínimo cobijo.

Solo un pequeño e insignificante agujero.
¡Un momento! Se metió en ese subterráneo sendero.

No podemos juzgar tal acción,
nuestro amigo sufría enajenación.

Así, una vez dentro de esta siniestra cavidad,
siguió avanzando, acosado por esa voz de la maldad.

<<¡Sigue huyendo, escapa, esfúmate, cobarde,
pero ahora ya es demasiado tarde!

<<El mundo ya ha sido totalmente carbonizado,
y tu final ya lo deberías haber acatado...>>

Pero cuanto más avanzaba Alfredo,
más se libraba de ese enredo.

Las siniestras amenazas y maldiciones,
cada vez se oían con intensidades menores.

Cuando ya ni siquiera se podía vislumbrar la entrada,
ni el cielo fogoso y anaranjado que desde esta se mostraba,

las voces, cada vez más menguantes,
abandonaron su cabeza, dejándola como antes.

<<Algún día volveremos, ventosidad,
y te enloqueceremos sin piedad>>

Sin tiempo a poder recuperarse de este trauma,
Alfredo tiene la mente hecha espuma.

Entonces, la razón le volvió de repente,
y se puso a plantearse preguntas como un torrente:

<<¿Como he llegado aquí, donde estoy,
y ahora, a dónde narices voy?>>

A pesar de que la imperiosa duda le carcomía,
descendió más allá de donde la cordura le decía

Estaba desorientado, no podemos negarlo,
pero aún así asombrado, también debemos mentarlo.

Y así, siguió bajando y bajando, creyéndose Dante,
cruzó el mismísmo infierno tan campante.

Pasaban por sus ojos centenares de diablos,
todos ellos profiriendo vulgares vocablos.

En su descenso cosas horribles pudo presenciar,
torturas infernales que le hicieron titubear.

Ante su asustada mirada,
una infinidad de almas quemada.

Asesinos, ladrones, estafadores e indeseables,
más también incomprendidos, necios y soñadores.

Gente malvada, pero también seres inocentes,
eran condenados de maneras indecentes.

¿A caso al maravilloso cielo solo accede el más santo?
El responsable de esto seguro que tenía un corazón de amianto.

¿O tal vez, todos estamos condenados a pasar los días
en un infierno, torturado por criaturas impías?

Alfredo nunca comprendió una cosa,
si el murió, ¿por qué no pasó por esa zona horrorosa?

Decidió que ya resolvería más adelante todos estos enigmas,
se despidió de las pobres almas, mientras con hierro les abrían estigmas.

Mientras cruzaba la última parte del inframundo,
creyó distinguir un rostro conocido de semblante iracundo.

Pero algo le dijo que era mejor no acudir,
y en su largo viaje de nuevo persistir.

Ahora su único fin era llegar hasta el final de ese túnel,
y por eso seguía bajando en tropel.

Siguió bajando por ese tortuoso abismo,
con un inmesurable estoicismo.

Seguía enontrando sucesos sobrenaturales,
entes místicos y lugares sobrecogedores.

Y sin embargo, apenas se digno a observar,
pasando de largo sin titubear.

El tiempo seguía pasando a velocidades inciertas,
nuestro Alfredo no era consciente de estas.

¿Lustros, décadas, tal vez siglos?
Nuestro héroe parecía eludirlos.

Sin embargo, a medida que iba bajando,
un pensamiento le iba atormentando:

<<¿Así me dictaba acabar el destino?
Vagando hasta el fin de la eternidad por este camino?

<<¿Qué hay de todos esos lugares maravillosos,
qué razón de ser tienen, viviendo un fin tan tedioso?>>

Estos tormentos le acompañaron cada vez en mayor medida.
Hasta que finalmente, se planteó por primera vez volver a la salida.

Muy seguramente ya llevaría vagando más de un milenio,
todo para nada, tan solo para volver al exterior primigenio.

Dejó de avanzar, cosa que no había hecho en todo ese tiempo,
para regresar otra vez de esa especie de subterráneo firmamento.

Una voz cavernosa y penetrante,
le hizo estremecerse totalmente.

(¿y esa voz? ¿Quién podría ser? Alfredo no
tiene claro nada. ¿Qué le dirá? ¿Habrá servido
de algo toda esta travesía? No se por qué hago
todas estas preguntas, si yo ya lo sé. En la V parte
lo sabréis vosotros)

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