viernes, 22 de junio de 2018

Poema Alfrediano: Parte L

Una de las mayores pérdidas tras el desastre mundial,
fue no solo el exterminio de incontables seres vivos,
la muerte de casi cada planta y de cada animal,

si no que el legado humano, sabiduría y cultura,
todo lo aprendido y creado por los siglos de los siglos,
conceptos vastos de colosal envergadura,

¡habían sido borrados en su absoluta totalidad!
aunque ningún superviviente recordaba nada al respecto,
suponía ello un gran desastre en realidad.

¿Dónde quedaba el legado de artistas y escritores?
¿Que había sido de las piezas de ilustres músicos y poetas?
¿Y las obras de los más ilustres y afamados directores?

Ahora que todo había sido borrado y recreado de cero,
había desaparecido un mundo del saber entero.

Tenía suerte Alfredo de no haberse percatado,
ya que apenas conocía nada de los humanos,
o un gran impacto le habría causado.

Tan solo un mínimo de conocimiento oral,
había perdurado de boca en boca,
y hasta sobrevivió al final,

pero este se había ido reduciendo a cada generación,
y ya el nombre de ningún espíritu creador o su obra,
había logrado salir del olvido y hallar su salvación.

Sin embargo, aún había motivos para esperanzarse,
aunque nada previo jamás se recuperaría,
la sociedad siempre podría reinventarse,

estaba en su carácter, de forma eventual
grandes movimientos culturales y artísticos sucederían,
¡los descendientes de aquellas personas los generarían!
se podría compensar lo perdido, al final.

De un modo u otro, esto ahora no va a pasar,
y por lo tanto, no será hasta el futuro
cuando de ello podremos hablar.

Había llegado de nuevo el anochecer,
Alfredo danzaba de nuevo con la naturaleza,
sin nada específico que hacer.

Aquel último mes había sido más que agradable,
pues había conocido mejor a la familia real,
gente bastante apacible en general.

Cuatros hijos que rondaban ya la cincuentena,
a juzgar por las canas de sus cabezas,
que recordaba ahora, durante la luna llena.

También poseían nombre complicado,
y al poco de estar con ellos
ya casi lo había olvidado.

A pesar de que los cuatro parecían de buen corazón,
notó Alfredo que no parecían muy dispuestos
a hablar sobre el tema de la sucesión.

Sin embargo, las aventuras de Alfredo adoraban.
A pesar de que ya tenían cierta edad,
escuchar de la boca de Alfredo cada temeridad
que había vivido era algo que ansiaban.

El relataba lo mismo que a la Chamana contó,
es decir, la existencia del científico y sus cucarachas,
así como la del propio Enigine obvió.

A parte de tales precauciones,
su explicación duró varios días, pues
esta vez parloteó con todo lujo de explicaciones.

Hablaba sobre la gente que de él huía
(aunque prefería no insistir tanto en que más de uno,
para su pesar, por sus gases moría).

Habló de la rana y el gigante,
de la helada destructora,
de la máquina salvadora
y de la explosión impresionante.

También de las bestias deformadas,
y el mundo de las tinieblas
en el que estaban las salvajes asentadas,

y por último de su estallido de fuerza iracunda,
borrando del mapa a toda criatura inmunda.

Para ocultar su motivo de enfado,
dijo que era por ver que tales bestias,
a los animales que conocía habían reemplazado,

y que algo tan horrible existiese,
hacía que su vaporosa
sangre con fuerza le hirviese.

Por último dijo que tras a los humanos convencer
para su posición en el nuevo mundo establecer,

se fue a vivir aventuras incontables,
que retardaron su vuelta
con obstáculos y cosas inimaginables.

<<¿Y que sucedió durante casi todo el siglo que desapareciste?
¿Que aventuras te hicieron parar tanto tiempo
hasta que al final con nosotros volviste?>>

Fue esta la cuestión
que le tendieron
a continuación.

Todos con la mirada le estaban interrogando,
y el no sabía como acabar contestando.

Por suerte aquel día la noche ya había llegado,
y en breve de nuevo se habían pirado.

Ahora todo lo que decía
era meramente inventado,
de su imaginación provenía.

Por las noches en su cabeza una batalla se libraba,
en mil aventuras que resultasen creíbles pensaba.

Ideaba monstruos de todo tipo y magnitud,
excursiones hasta la más remota latitud,

y otras aventuras maravillosas,
desde simples trayectos tranquilos,
hasta encuentros con bestias horrorosas.

Pensó entonces en que sería un buen momento,
para hablar de aquellas cucarachas gigantes,
siempre sin mencionar aquel tormento

que las pobres vivieron,
las maniobras del científico,
ni como por este tantas murieron.

Habló de ellas como una raza primitiva,
que tras un largo malentendido
a Alfredo de buena gana habían obedecido,
y con la raza humana no actuarían jamás de forma agresiva.

Advirtió que si algún día su nido alguien encontrara,
y alguna de ellas de la tierra saliese,
que ningún temor hacia ella sintiese,
pero que por otra parte, no la molestara.

Y en estas peripecias de su imaginación,
nuestro pedo se encontraba ahora,
con su mente en plena ebullición.

Ya casi había acabado su relato,
y llevaba pensando un rato

en que añadir como última aventura,
llegados a esta altura.

Mientras esto hacía,
pasaba rozando la hierba,
pues esto le distraía.

Y entonces con algo su gas se tropezó,
y alterado por el cambio de terreno,
el hilo de lo que pensaba se fragmentó.

Por este hecho mosqueado,
miró aquello con lo que
se había cruzado.

Era esa especie de madriguera
por la que podía caber
una liebre entera.

Aquel agujero por el que entró,
y que a aquella extraña sala le llevó.

Ya había olvidado,
que para mañana mismo
una historia debía haber creado,
así que decidió colarse en el abismo.

Bajó a la sala siniestra directo,
cosa fácil en realidad,
pues solo tenía que bajar todo recto.

Notó que la había alcanzado
cuando las pastosas paredes
de nuevo hubo tocado.

Y fue entonces cuando un rugido monumental,
hizo que acabase el silencio espectral.

Esta vez era mucho más fuerte el sonido,
pareciendo cualquier otro exabrupto
por comparación, tan solo un pequeño gruñido.

Y sin saber bien el motivo,
de un modo poco inquisitivo:

<<¿Hay alguien por este lugar?>>
Y, para su sorpresa,
la respuesta no se hizo esperar.

Una voz que venía de todo lugar,
más fuerte de lo que
Alfredo podía siquiera soportar,

habló de forma lenta,
las palabras arrastrando,
como si le estuviese costando
una cantidad de energía cruenta:

<<¿Eres... mi comida...?
¿Has... caído... desde la salida?

<<Me voy... a morir... a... volver... loca...
si no... me alimento... pronto...
por... por favor... entra... en mi boca....>>

Alfredo estaba totalmente marcado,
por que le contestara aquel ser
cuya voz le había rodeado.

<<A no ser que puedas masticar
mi cuerpo gaseoso, me temo
que conmigo un festín no te podrás dar.

<<Pero, ¿como es que no te puedo ver,
ni tu cuerpo en esta sala palpar,
y tu posición no conocer?>>

Un sonorísimo bostezo sonó a continuación.
Y una voz ligeramente menos cansada
le dio una contestación:

<<¿Aún cuenta... no te has dado?
Mi cuerpo dentro de esta habitación...
no hallarás en ninguna ocasión...
pues dentro de él... has entrado.

<<Sí, así es... la sala en sí...
es el cuerpo con el que... yo nací>>.

Se hallaba Alfredo impresionado
por el ser que había hallado.

Jamás ninguna criatura había conocido,
que una cavidad subterránea entera
en su propio cuerpo hubiese convertido.

¡Entonces todo encajaba!
Lo que día antes había palpado,
ahora su lógica tomaba.

Las puntas debían ser trozos de hueso y dentadura,
y los ojos y mandíbula, eran las esferas y trozos
que había tocado en la más baja altura.

Era una criatura de desagradable aspecto.
Suerte tenía de que la luz no llegase
para revelar su aspecto abyecto.

Era imposible para tal ser
que días y noches, o el tiempo
mismo pudiese reconocer.

Para juzgar su verdadera edad,
preguntó la ventosidad:

<<¿Recuerdas en algún momento de tu vida,
algún tipo de explosión, o violenta sacudida?>>

<<Jamás ni un pequeño... temblor
he notado... a mi alrededor>>.

Ello solo podía significar,
que a este mundo
tras la explosión había tenido que llegar.

¿Habría sido por la máquina tal ser generado?
Nunca lo sabría, pero adoraría poder
haber tal dato averiguado,

pues demostraba que el artefacto,
había podido crear un ser consicente
y con mente avanzada de modo exacto.

<<Durante tiempo... me he alimentado
de... cualquier pequeño animal...
que por la entrada ha tropezado...
y sobre mi boca... se ha precipitado...
y con el... su funesto final...

<<Pero hace ya más que suficiente...
que ninguno ha caído... y ello...
me está dando un hambre hiriente...

<<Ojalá alguno sobre mi... aterrizase...
ya no importa que fuese una criatura...
mi estómago no sentiría nada de amargura...
si plantas u hongos hallase...>>

La inmensa aprensión, que ya había sido curiosidad,
se transformó ahora en Alfredo
en una especie de sentimiento de piedad.

No parecía ser una criatura malvada,
y por su forma de hablar
y su situación, parecía desesperada.

Además, algo le decía
que de utilidad
su gula tarde o temprano sería.

Y por ello rápidamente pensó
ideas improvisadas,
y de pronto su mente se iluminó.

<<Criatura, conozco una solución
al problema de tu alimentación.

<<Me hecho amigo del ser humano,
un animal, como tú inteligente,
que nos podría echar una mano>>.

La voz de la bestia respondió con un matiz
muy pequeño, casi inapreciable,
que demostró que estaba feliz:

<<¿Me darías comida?
No sé... como agradecer
que tal favor... me quieras hacer,
te debo... mi vida>>.

<<Pero para ello tendrás que esperar,
y mañana por aquí volveré,
y será entonces cuando te diré
si algo he podido lograr>>.

<<¿Mañana? ¿Cual es su... significado?>>
Alfredo recordó que el día
jamás había avistado,

y como no sabía como explicar
algo que no había podido experimentar,

en vez de ello, simplemente le dijo
que significaba que volvería
en poco tiempo a su cobijo.

<<Si es eso... me parece bien...
yo me debería retirar también...>>

Acto seguido otro bostezo se escuchó.
Tras despedirse brevemente,
Alfredo del agujero salió.

Con aquel monstruo cruzarse,
le había encantado al pedo.
No solo un posible amigo acababa de encontrarse,

si no, ya no tenía que pensar
en la última historia
que al día siguiente iba a contar.

Tras de aquel encuentro hablarles,
y falsamente, que en el pasado
fue cuando sucedió contarles,

el mismo les presentaría
a la extraña criatura
cuando llegase el nuevo día.

Al ver al protagonista de aquella historia,
que Alfredo había retenido en su memoria,

sin duda todavía más creerían,
que el resto de seres y cosas
que describió existían.

El sol volvió a aparecer.
Volvía contento de aquello contar,
acompañado por el bello amanecer.

viernes, 25 de mayo de 2018

Poema ¿Alfrediano?: parte XLIX

(...)

Sus tripas ya semanas atrás rugían.
No era hambre, sino dolor
lo que estas sentían.

Pero el bien lo sabía,
por más que aquel alimento nocivo consumiese,
jamás sucumbiría,
ese gusto a nadie daría.

Aún no había pensado en como escapar.
Un túnel no era factible;
antes de ser atrapado en esa habitación horrible,
todas las galerías ya había logrado memorizar;

Su celda estaba totalmente rodeada,
allá donde cavase, al otro lado le esperaban cucarachas,
listas para lanzarse en manada.

Las paredes se había planteado escarbar,
y así, los minerales hallados,
del subsuelo sacar.

En cantidades diminutas de algún modo los fundiría,
y tras meses, o incluso años de esfuerzos,
podría confeccionar armas y una coraza algún día,
con las que a todos sus bichos masacraría.
Pero la idea por muchos lados aguas hacía:

las cucarachas eran animales excepcionales,
con una resistencia y poder sobrenaturales.

Una sola, si quisiese, podría haberle mutilado,
y con la facilidad con la que se desenrosca un tapón,
la cabeza de sus hombros haber separado.

Ni los materiales de la naturaleza más poderosos,
podían hacer un daño significativo
a aquellos monstruos horrorosos.

Por añadidura, como pudo comprobar,
en aquellas paredes terrosas,
ni los materiales más pobres se podían hallar.

Si su habitación estuviese construida
por los cadáveres resecos de cucarachas,
todo hubiese sido más favorable para su huida,

pues aunque cuando uno de esos insectos perece,
su cadáver se vuelve más frágil con el tiempo,
la resistencia de este no demasiado decrece,

y podría utilizar y afilar esos trozos, para iniciar la ofensiva,
con suerte, tendría suerte con alguna cucaracha masiva.

Pero aún así no tendría ninguna oportunidad,
pues todas le atacarían a la vez,
destrozándolo sin ninguna piedad.

Además, desde el inicio del nuevo reinado,
todos los cadáveres de cucarachas fueron extraídos,
por piedra y tierra fueron sustituidos,
para demostrar que el reinado del terror había terminado.

Las paredes tenían ahora menos resistencia, en comparación,
pero también es cierto que las cucarachas no la necesitaban
pues nunca habían sido propensas a la guerra y la confrontación.

No había nada que pudiese hacer,
por más que una solución
tratase de esclarecer.

Un ruido seco le sacó de su cavilación.
Era de nuevo la hora de la comida,
y le habían dejado otro de esos hongos llenos de putrefacción.

Debía comérselo lo antes posible,
pues como descubrió por experiencia
el malvado hombre de ciencia,
aquel alimento rápidamente se podría,
y en menos de medio día,
su sabor era el triple de insufrible.

Al morderlo, a duras penas lo pudo aguantar.
<<No hay duda de que me están sirviendo veneno,
tienen de ello conocimiento pleno.
Si un humano corriente tan solo lo lamiese,
no habría modo de que sobreviviese,
en horas acabaría por expirar...>>

Pero a él, aquello no le podía aniquilar:
<<Ya podéis intentarlo durante siglos,
nunca me podréis intoxicar...>>

Cuando descendía ya por su garganta,
sintió unas irrefrenables arcadas.
<<No... ¡ahora no, aguanta!>>

Pero por primera vez no lo pudo resistir.
El vómito, camino se logró abrir.

Se encontró profundamente mareado.
Todo a su alrededor daba vueltas,
nadie le miraba, pero eso no evitó que se sintiese humillado.

Se acercó a la luz del exterior.
Quería limpiarse antes de ser observado
por algún insecto inferior.

Tropezones negros aquí y allá apartaba,
a sus pies era donde más de estos hallaba.

Se fijó en sus manos ennegrecidas,
con un mohín de asco se dispuso a limpiarlas.
Maldecía para si mismo: <<cucarachas malnacidas...>>,

se arrepentía no solo de haberlas creado,
si no de tan torpemente haberlas manipulado,
y sobre todo, de que aquel pedo de él se hubiese burlado...

De sus manos no podía apartar la suciedad,
tiraba de la mugre enérgicamente,
y siguió intentándolo hasta la saciedad.

Se dio cuenta entonces de lo que sucedía:
no era vómito lo de sus manos...
¡...a su propio ser pertenecía!

Sin que él lo hubiese apreciado,
¡su piel negra se había tornado!

Debido a la poca iluminación,
podría haber pasado ya tiempo,
desde que comenzó aquella suerte de ''transformación'':

<<¡Seguro que es por lo que me han forzado a comer!
¡Esos hongos me están pudriendo,
parece que mi piel haya comenzado a languidecer!>>

Se arremangó su bata raída,
aquella oscura pigmentación,
hasta parte de su antebrazo se extendía.

A partir de este, su piel era de nuevo normal,
si descontamos las decoloraciones de la edad
que sufría el científico inmortal.

Apretó sus puños enfurecido.
Gran número de venas negras brotaron,
a su furia habían acudido.

<<¡Me están transformando en una monstruosidad!>>
Dijo, golpeando la pared más cercana con toda celeridad.

Un crujido seco su atención llamó.
¡Una gran grieta en el muro apareció!

Se volvió a mirar sus extremidades corrompidas.
Las venas se retorcían inquietas,
como por una repulsiva danza movidas.

No podía creer,
que sus propias manos
tuviesen tal fuerza y poder.

Cierto es, que aún siendo un viejo decadente,
siempre había sido comparable a un humano normal,
¡pero eso era muy diferente a desatar aquella fuerza latente!

Y aunque las paredes no eran un ejemplo de resistencia,
había abierto una evidentemente profunda grieta de un puñetazo,
algo que le situaba a un nuevo nivel de potencia.

<<Esos hongos están despertando algo en mi interior...
...una energía que antes no poseía,
una suerte de potencial superior...>>

Se quedó entonces maravillado:
<<¡Podría aumentar mucho más,
podría tan solo haber comenzado!

<<Si esta mutación sigue avanzando,
si nadie me detiene mientras crezca,
¡puede que a mis captoras acabe destrozando!>>

Pero la emoción del momento no le cegó,
era consciente de la fuerza que poseía
la especie que él mismo creó.

Mucho tendría que esperar.
Las cucarachas eran muy poderosas,
no podía aún ni soñar,
con derrotar ni a la más débil de las monstruosas.

<<El tiempo que haga falta toleraré,
comiendo vuestra basura inmunda,
y gracias a esta, mi auge desarrollaré.

<<Y llegará el día en el que pueda escapar,
pero antes de hacerlo, oh, vasallas ingratas,
¡a todas muerte os tendré que dar!

<<Y el siguiente serás tú, Alfredo,
ser ciego, caricatura de la naturaleza,
indigno ser movido por la traición y el miedo,

<<cobarde incluso para ordenar matarme,
tu temor a derramar sangre humana,
ello hará que pueda vengarme.

<<Ignorar a un ser como yo, henchido de destrucción,
será el mayor error de tu miserable vida,
llevaré a todos tus seres queridos a la aniquilación.

<<Mataré a todos tus humanos, por los que tanto sientes,
te obligaré a observar como muere hasta el último de ellos,
caerán buenos y malvados, podridos e inocentes,

<<mientras tu mires y supliques clemencia,
y yo, impasible, erradique su presencia,

<<hasta que al final, sin más tardar,
¡a ti, junto a este planeta inmundo
haré en mil pedazos estallar!>>

Podía parecer que exageraba sobre su potencial,
pero algo en su interior le decía,
que no se equivocaba en lo que creía,
y que tan solo le esperaba un crecimiento exponencial.

Una gran fuerza en su interior sentía.
En sus venas oscuras bailaba,
y con grandes pulsaciones se movía.

Era como si se acercase lentamente a un umbral,
paso a paso, a irrisoria pero continua velocidad se acercaba,
hasta que lo cruzase, y al otro lado le esperase un poder sin final.

<<Mi cuerpo no es el de un humano normal,
¡ningún alimento en este mundo supondrá mi final!

<<Debería haber muerto veces incontables,
mi cuerpo ha recibido cantidades tóxicas
como poco inimaginables.

<<Y como estas mi ser no han podido destruir,
con la totalidad de éste se han comenzado a fundir...>>

Y entonces un recuerdo lejano llegó.
En segundos todo en su cabeza encajó:

<<Sólo hay una explicación,
para que un mero hongo
pueda desatar en mi tal reacción.

<<¡Debe tratarse de una anomalía,
producida cuando explotó la máquina Chusa
aquel lejano día!

<<El mundo nunca volvió a ser igual,
tras una alteración tan fenomenal.

<<¡Y pensar que yo quería salvarlo,
a esta vil bola de tierra poblada de monstruos!
lo más ético que puedo hacer es sacrificarlo.

<<Si está de mi parte un resquicio
de la legendaria maquinaria de los Chusos,
¡su legado no tendrá ningún desperdicio!>>

Y seguido de estas misteriosas palabras, rió,
una siniestra y destartalada carcajada,
de sus pulmones yertos brotó.

Ahora no solo sabía que hacer,
si no de que modo debía proceder.

Ya nada en este mundo le detendría,
cuando con Alfredo de nuevo se encontrase.
Ninguna cucaracha, ningún humano le frenaría.

<<El tiempo que he perdido,
la humillación que he sufrido,

<<Todo ello debe ser compensado.
¡Infeliz de mí, ignorante yo,
durante milenios sobre mi misión equivocado!
¡Con lo fácil que antaño me hubiese resultado,
toda la vida de este mundo de un plumazo haber detonado!

<<Pero el destino ha actuado con generosidad.
¡Aprovecharé bien esta nueva oportunidad!>>

Calló de repente, pues alguien se acercaba.
Alguien que él conocía.
Alguien que soberanamente odiaba.

El monarca Grugnig había llegado,
por su séquito estaba acompañado:

<<¡SALUDOS, OH, SALVADOR!
¿SE ESTÁ CÓMODO AHÍ DENTRO?>>
Rieron él y los de su alrededor.

Siguió hablando, pero el ya no prestaba atención.
Hacerle caso, un insulto o maldición contestar,
supondría más burlas, solo hubiese crecido su frustración.

Otro motivo por el que no hablaba,
era porque su esperanza de revancha
en su propia faz y voz se notaba.

Ya tendría tiempo de replicar,
cuando le tuviese inmovilizado,
justo antes de sus extremidades seccionar.

Grugnig era otro gran objeto de su rencor corrosivo.
Una criatura que ocupaba un puesto de suma lealtad,
se había aliado con ese pedo nocivo,

entre ambos habían confabulado,
contra su figura desprecio inmenso
habían cruelmente volcado.

¡Iban a ser los privilegiados
que acabasen con los seres humanos,
esos seres tan tóxicos, tan odiados!

¡Iban a hacer suyo el mundo!
Pero Grugnig, ser amoral e inmundo,

desbarató sus planes de ambición,
le derrocó y encerró (y fue por Alfredo que no murió),
para luego arrebatar el trono sin más dilación.

Como Alfredo, él también merecía ver,
como los suyos, que ahora reían con él,
uno a uno comenzaban a perecer.

Tuvo que controlarse,
la mera idea de destrozarlo,
por dentro y por fuera machacarlo,
le hacía excitarse.

<<¿No tienes ganas de hablar?
Quizá es que con más hongos
quieres tu hambre saciar...>>

Grugnig siguió intentando provocarlo
unos minutos más,
pero ante su pasividad, acabó por dejarlo.

Se alejaron él y los suyos con risa burlesca,
dejando en la soledad de nuevo
a aquella criatura dantesca.

¡Ah, cuanto veneraba la soledad!
La única compañera que valía la pena
en un mundo repulsivo, rebosante de impiedad.

Sus nudillos, palmas, dedos y antebrazos temblaban.
Ahora que se fijaba en ellos bien, aún en la oscuridad,
su aspecto contrahecho marcado por la deformidad
era evidente, en el mejor de los casos desagradaban.

<<Si es en esto en lo que me voy a transmutar,
si mi cuerpo humano y mi propia mente
en el proceso debo abandonar...

<<¿Estaré obedeciendo a lo que deseo?
Autodestruir mi ser junto a su alrededor,
¿Con toda mi alma en ello creo?

<<¡Sí!>> La respuesta no se hizo esperar.
<<Tan solo obedezco a un bien mayor.
Si abandono tan solo irá todo a peor.
¡Todo sacrificio es poco, para este universo de vida limpiar!>>

Desde aquel día,
todo para el científico
radicalmente cambiaría.

Aguardaría cada comida con exasperación.
Devoraría en su afán de ''crecer'',
sin ningún tipo de contemplación.

Abandonaría su ya mermada humanidad,
y el reducido espacio que esta poblaba,
sería sustituido por pura e incorruptible maldad.

¡Ay si las cucarachas le hubiesen escuchado!
La petición del pedo de dejarle con vida hubiesen incumplido,
¡el mundo de un gran peligro se hubiese librado!

Pero ya nada se podía hacer.
Alfredo se encontraba lejos y ajeno,
y nadie su orden de matarlo iba a desobedecer.

Y aunque la espera se iba a volver desesperante,
los frutos tarde o temprano llegarían,
pues bajo sus manos, animales y vegetales morirían,
¡el mundo desaparecería bajo su poder apabullante!

(...)

miércoles, 9 de mayo de 2018

Poema Alfrediano: parte XLVIII

(El reinado de Alfredo
no ha hecho más que comenzar,
pero nuestro héroe ya está
entusiasmado con su nueva
vida).

(Antes que nada, siento que este capitulo
no se pueda visualizar de forma normal.
No se volverá a repetir en otros posteriores,
gracias por comprenderlo).

Desde que lideraba en la diarquía,
cada vez más experiencias
valiosas absorbía.

La meticulosa teoría y la realista práctica

le ayudaron a adaptarse a cada vez más situaciones,
a posicionarse al nivel de un monarca de forma drástica.

Conoció en vivo todas las cosechas,

que por desgracia, aquel año
estaban ciertamente maltrechas.
Por suerte, esto ya había sucedido antaño,

y los humanos, en su sabiduría,

ya tenían almacenadas provisiones,
para aquella clase de ocasiones,
por lo que la hambruna esta vez no llegaría.

Contemplo cazas llenas de algarabía,

con sus posteriores festines,
entre los aldeanos recibidos con alegría.

Los animales cazados,

al igual que los que había visto Alfredo,
tenían rasgos ciertamente alterados,

desde cervatillos de piel roja y morada,
hasta animales cuya especie
en su memoria del mundo antiguo no encontraba.

No eran animales realmente grotescos,

aunque los pelajes de algunos
eran cuanto menos rocambolescos.

Pero, no todo era felicidad e ilusión,

pues también asistió a un funeral.
que le dejó un poco de mala sensación.

Era el del campesino Dilindrín.

Alfredo todavía recordaba su rostro feliz,
cuando el pedo le recibió flotando sobre su cojín.

Al menos no murió con ningún sufrimiento.

Mientras dormía, su corazón paró,
y su alma se fue, ligera como el viento.

Parece ser que a pesar de su vida modesta,

era muy conocido y apreciado en la aldea,
como alguien sabio, que para todo problema tenia respuesta.

Apenas le conocía, pero su muerte le hizo reflexionar.

Mientras que él era inmortal, 
para los humanos la vida tenía un final,
y la muerte de quienes apreciaba debería afrontar.

Nunca en su existencia experimentaría

la idea de apagarse lentamente junto a familia y amigos,
hasta consumirse del todo algún buen día.

¿Era esto realmente una bendición,

o una condena de mal gusto
a su ya desafortunada condición?

Ni el mismo lo podría determinar,

por más décadas
que en ello se parase a meditar

En cierto modo le hacía sentir culpable,

¿No le considerarían los humanos,
como de la existencia de la muerte responsable?

Al fin y al cabo era a sus ojos un ente endiosado,

y podría, por tanto,
de tal condena a la humanidad haber librado;

Siguiendo esta regla, por extensión,

el hambre, el dolor y otros lastres
podría borrar sin excitación.

Pero aquella buena gente,

para impresión de Alfredo,
tenía un concepto divino muy diferente.

Para ellos, él era un simple regalo celestial.

Un ente sabio que trascendía la vida y la muerte,
suma, una criatura sobrenatural.

No obstante, no tenía una capacidad tal,

como para crear ninguna clase
de mundo ideal.

Su misión era ocupar el poder,

y desde este ayudarles con su gran conocimiento;
solo por ello ya mucho le tenían que agradecer.

¿Que necesidad tenía Alfredo,

de regir a aquellos humanos desorientados?
La raza humana debería importarle un bledo.

Puede que no fuese omnipotente,

pero si muy benevolente.

Había aceptado una pesada misión

al socorrerles desinteresadamente,
solo por eso ya debía ser objeto de admiración.

Esta filosofía para Alfredo era maravillosa,

pues él era para ellos mucho más humano
que una divinidad todopoderosa.

Aunque en el pasado había vivido en la sociedad humana,

se dió cuenta de que era terriblemente ignorante
en comparación con la Chamana.

En muchas peculiaridades había él reparado,
cuando en el mundo anterior,
con los humanos brevemente había interactuado.

Tenían cosas cuya utilidad nunca había entendido.
¿Que era ese invento que llamaban dinero?
En la anterior sociedad mucha importancia le habían atribuido.

El nunca lo había llegado a ver,
pero había oido que quien lo poseía
gozaba de un gran poder.

Tampoco esta explicación le convencía,
pues todos los que a él se acercaban,
ricos o pobres su pudor ninguno resistía.

Tampoco el dinero les daba ninguna otra propiedad.
Eran los más ricos iguales, en esencia,
al resto de la humanidad.

Sin embargo, no existía en ese poblado,
y la carencia de este
a nadie parecía haberle afectado.

Alfredo sobre aquel concepto misterioso.
Por suerte, gran parte del conocimiento
del mundo había pasado de generación en generación
aún después de su derrumbamiento,
algo cuanto menos milagroso.

Bastantes cosas ahora encajaban:
las riquezas no tenían nada de mágico,
con ellas, los humanos solo lo material alcanzaban.

Por cosas de otros humanos podían ser intercambiadas,

pero más allá de ello, para nada más podían ser usadas.

Sin embargo, algunas cosas todavía no encajaban.
¿Y no podían los humanos anteriores hacer como los de ahora,
que productos realmente útiles intercambiaban?

La piel de un colorido venado,
por lo que en un lago
otro hubiese pescado,

La mitad de toda una cosecha

a cambio de varias cabezas de ganado.
Acuerdos sencillos, pero que cuando se habían pactado,
dejaban a cada parte satisfecha.

Pero como la Chamana dijo, no todo tenía tan poca dificultad;

en aquella sociedad primitiva en la que vivían,

cosas como las diferencias sociales o la influencia apenas existían.

Sin embargo esto no se mantendría así toda la eternidad.

Los humanos siempre han destacado por ser envidiosos,

presumidos, codiciosos y muy pretenciosos.

La creación del dinero les sentaba como anillo al dedo,

pues la acumulación de este les daba poder e influencia,
una importancia ante los demás que nunca había intuido el pedo.

Lo mágico del dinero es que podía ser ahorrado,
no se pudre o consume como la comida,
y si acumulas el suficiente durante tu vida,
sin cometer excesos o intercambiar demasiado,

puedes en mil cosas utilizarlo,

ya sea para en tierras invertir,
o en toda suerte de lujos gastarlo.

Por el momento vivían en un lugar muy reducido,
donde el dinero no era todavía una prioridad,
pues aquella gente sencilla ambiciones aún no había tenido.

<<Comprendiendo la mentalidad humana,

en unas generaciones esto cambiará>>,
declaro convencida la Chamana.

Alfredo seguía teniendo algunos puntos confusos:

¿Que eran la influencia o las clases sociales?
Le parecían conceptos absurdos y todavía muy difusos.

Pero decidió por el momento más no preguntar,

ya comprendería todo mucho mejor,
cuando las primeras monedas les viese crear.

Dejando de lado estas incertidumbres,

continuaba aprendiendo con entusiasmo
sobre aquellos inteligentes seres y sus costumbres.

Y fue a los pocos días cuando se quiso acordar

de un asunto pendiente que,
 en honor a alguien especial, había prometido realizar.

Cuando la máquina en mil pedazos explotó,

juró que erigiría por ella una tumba,
puesto que por todos su vida dio.

Aprovechó la idea para a la Chamana contar

todo por lo que había pasado,
para no solo a los humanos, si no al mundo entero salvar.

Su desafortunada congelación,
como de está se liberó,
como el fuego su cuerpo fundió,
y como aquel hombre que ante él se sacrificó
resultó ser su salvación.

A continuación, habló de como casi enloquece,

su descenso al centro de la tierra,
y como su determinación casi languidece.

Después llegó el encuentro con la máquina salvadora,
su entrada en este aparato,
y aquella explosión tan destructora.

Naturalmente, al científico no mencionó, 

y referirse a las cucarachas gigantes
ni siquiera en su mente lo proyectó.

Enigine tampoco era allí necesario,

para explicar su viaje legendario.

Habló sobre aquella parte del mundo tan siniestra,
de animales monstruosos de ojos amarillos,
la cual al enfadarse erradicó sin dejar de ella ninguna muestra.

Acabado por fin su parcial relato,
la Chamana se sorprendió de sus hazañas,
y durante largo rato lo hubo felicitado.

Esto ponía a Alfredo a un nivel superior.

¡Había, literalmente, salvado el planeta,
y no solo motivado a los humanos con sus dotes de orador!

Y como supo con brevedad,
aquellos animales de aquella región de sombras,
eran aquellas criaturas que, sin piedad,

habían diezmado a los humanos que quedaban,
hasta que los últimos seis se refugiaron en el árbol,
donde, en el fondo de sus corazones la muerte ya esperaban.

<<Los humanos, todas estas hazañas deben saber.
¡Has hecho mucho más de lo que imaginábamos,
y ni en miles de años suficientemente te lo podremos agradecer!>>

Tras conocer todos el papel de Alfredo en su salvación,

supuso para ellos una gran sorpresa y motivo de celebración.

La petición de Alfredo de buena gana fue aceptada,
y una lápida junto ante las de los fundadores de la aldea
fue en los días siguientes fue levantada.

Casi todos participaron voluntariamente

en extraer amarillenta piedra de sus minas subterráneas,
y tallarla rápida y eficientemente.

Y tras ser simbólicamente con hiedra decorada,

supo Alfredo que la máquina kamikaze,
para siempre entre los humanos sería venerada,

como ejemplo de sacrificio total,

deseando cumplir su destino
aún sabiendo su desenlace mortal.

Un nuevo ''dios'' a su particular panteón se había añadido,

y como el propio Alfredo, era desde entonces querido.

Mientras los suyos cada vez más le respetaban,
continuaba su aprendizaje real con la Chamana,
contemplando interesado las decisiones que en el pueblo se tomaban,

aprendiendo como actuar en situaciones

que ni siquiera hubiese imaginado
en sus más febriles cavilaciones,

descubriendo como actuar de forma eficiente,
decidir de acuerdo a las prioridades
y afrontar con sabiduría las adversidades,
en suma, desarrolló un conocimiento más que decente.


Sentía que muy pronto estaría plenamente capacitado

para participar plenamente en aquel reino
que el caprichoso destino le había regalado.


(Fin. A partir de ahora cada vez aparecerán

menos notas a fin de poema. He pensado que
en realidad son algo innecesarias. Lo
que importa es que, ¡próximamente
llegará a nosotros la parte XLIX!
Estad atentos, no se hará esperar).

sábado, 5 de mayo de 2018

Poema Alfrediano: parte XLVII

(Alfredo ha decidido pasar
sus últimas horas antes de ser diarca
rodeado de la naturaleza, explorando
sus misterios y rarezas).

A las pocas horas amaneció,
y tras las sendas llanuras,
el sol de nuevo resplandeció.
Alfredo al poblado se dirigió.

En minutos la entrada ya había sobrevolado,
y a la mismísima sala del trono había llegado.

Cuando atravesó la roja cortina,
lo que ante sus ojos había,
hizo que le subiese la adrenalina:

al lado del trono principal,
había un asiento ciertamente original.

Parecía un podio de planta circular,
una corta y ancha columna,
que a los dos palmos de altura parecía súbitamente cesar.

Estrías puntiagudas la decoraban,
y un toque clásico aportaban.

Sencilla pero al mismo tiempo muy cuidada,
resultaba una construcción minimalista,
pero al mismo tiempo muy bien pulida y trabajada.

Sobre la estructura un pequeño cojín marrón había.
<<Así que aquí es donde me sentaré cada día...

<<Puede que se trate de un puesto algo singular>>,
pensaba, <<pero tiene su encanto,
eso no lo puedo negar>>.

<<Veo que has sido muy puntual>>
Reconoció la voz de la Chamana y se giró,
tras él estaba aquella mujer inusual.

Iba acompañada de dos hombres de altura remarcable,
que se quedaron cada uno a un lado de la entrada.
Guardias, era lo más probable.

<<Antes que nada, no debes estar nervioso.
Ser diarca puede ser duro,
pero durante los primeros años no será muy tortuoso.

<<Lo cierto es que nuestro número es muy reducido,
casi todo el mundo es o bien un familiar o un conocido.

<<La figura de rey, en esta época, no es necesaria estrictamente,
pero esta situación no será así de forma permanente.

<<Crear un sistema real,
era algo que se haría
de forma eventual.

<<No obstante, he pensado
que lo antes posible,
debería estar asentado.

<<En medio siglo, cuando se haya triplicado la población,
con toda seguridad ya seamos imprescindibles,
para en la sociedad regir y establecer mediación.

<<Eso significa que tu trabajo no tendrá mucha dificultad,
pero con el paso de las décadas,
está irá aumentando con creciente celeridad.

<<En cuanto a lo que concierne a este día,
es probable que vengan habitantes varios
a rendir pleitesía.

<<Ante ti se arrodillarán,
larga vida, sensatez y otros
palabras te lanzarán.

<<Tu ni una palabra tienes que pronunciar,
simplemente reposa sobre tu trono,
y esas buenas gentes disponte a escuchar>>.

Alfredo, lo que se le exigía comprendió,
y en su asiento se situó.

A un gesto de la Chamana uno de los guardias la cortina apartó.
Un anciano casi calvo y encorvado, titubeante, hizo aparición.
Vacilante, caminó hasta 5 metros de Alfredo, y ahí mismo se postró.

<<¡Saludos, magnifica y gigantesca ventosidad!
Soy Dalandrín, un humilde granjero de este nuevo reino,
y he venido a, humildemente, agradecer tu sabiduría y piedad.>>

Alfredo hizo un esfuerzo por estar callado,
por poco una risilla ahogada no se le había escapado.
Pensó <<¿Dalandrín? ¿Quién puede ser así nombrado?

¿todos tendrán nombres como este, tan gracioso?
Si es así, contener las risas a lo largo del día,
será un esfuerzo monstruoso.>>

El viejo sus reverencias había terminado.
Se fue por donde había venido,
pero con el rostro por la alegría iluminado.

Era de los pocos que habrían estado
tan cerca de aquel peculiar diarca
en su ahora jovencísimo reinado.

La Chamana el gesto repitió,
una súbdita de mediana edad,
-e inusualmente robusta complexión-, pasó.

<<Mi nombre es Dranalá...>> Si, todos se apodaban de formas similares.
Pero bien pensado, sus nombres eran hermosos.
<<Los humanos del anterior mundo tenían nombres más cutres y vulgares...>>

Entre tanto, la mujer,
-una cazadora decía ser-
ya le había alabado,
y de la sala acababa de desaparecer.

<<¿Y así será el resto del día?>>
-Decía para sus adentros-
<<¡menuda monotonía!>>

Pero decidió que debía hacer un sacrificio,
y fue por varias razones:
En primer lugar, este era ahora su oficio.

Ser rey es un trabajo que requiere paciencia y comprensión.
Tenía que aprender Alfredo a abandonar su impulsividad.
Los más repetitivos discursos debía aceptar con educación.

y en segundo lugar,
era por honor y respeto a los humanos,
por lo que debía,
-o mejor dicho, quería-,
regiamente aguantar.

Aquellos le tomaban por una deidad,
mostrar a uno un signo de grosería,
sería para el infortunado una calamidad,
sintiéndose rechazado por su dios hasta el último día.

Y que no era un dios no podría decirle,
pues darse cuenta de que no existía
aquello en lo que creía,
mucho más podía herirle.

Mientras cada ''siervo'' pasaba,
Alfredo para sí mismo reflexionaba:

<<Todos ellos mi presencia siempre van a recordar,
pero yo a ellos -¡pobres almas!-
en unas semanas ya habré comenzado a olvidar>>.

Entre tanto, un curandero,
Maladrián era su nombre,
ya había había recitado su discurso de presentación entero.

<<Pasaré a la historia por ser excepcional,
pero eso es injusto,
comparado con el ser humano ''normal''.

<<Todas estas gentes abrumadas por la humildad,
son también, a su propio modo,
imprescindibles para la humanidad>>.

Y así, pensando y meditando,
el tiempo pasó inexorable,
y más de cien se acabaron presentando.

Alfredo les prestaba atención,
pero eran muchos y de nombres parecidos,
lo que le causaba mucha confusión.

En dos horas todos se habían presentado,
y cuando el último de ellos
satisfecho se había largado,

Alfredo se acordó de algo que debía comentar.
Los guardias hicieron un saludo y se fueron,
y Alfredo se dispuso a hablar:
<<Hay un problema que podría dificultarme gobernar.

<<Se trata de mi ritmo de sueño, es un percance;
puedo pasar mucho tiempo despierto sin problema,
pero de repente, ¡desfallezco, entro en trance!

<<Y meses puedo estar dormido y abotargado,
hasta finalmente haberme despertado.

<<Suele pasarme tras mucho estrés sufrir,
sucede sin previo aviso y no lo puedo eludir>>.

Respondió ella: <<Para ello hay fácil solución,
cuando te desmayes, el otro diarca reinará por ambos,
ocupará, en calidad de regente temporal, tu posición.

<<Y mientras estés dormido,
nos aseguraremos de que todo el mundo,
de tu nefasto olor esté protegido>>.

Era una corta pero buena contestación,
y por el momento la única solución.

Durante el resto de la jornada,
la Chamana instruyó sobre temas de gobierno a Alfredo.
Pero sobre aquello de lo que habló al pedo,
no vale la pena transcribir nada.

Aburridos detalles tales,
como cosechas, expediciones,
delitos, castigos o entierros oficiales.

Alfredo escuchaba todo lo que le decía.
Estaba entrando en la sociedad humana,
y un basto y misterioso mundo ante el se abría.

Cuando el sol se comenzó a poner,
la Chamana le dijo que ya era suficiente,
y al día siguiente más podría aprender.

Había que comprender que la diarca era muy mayor.
A su larga edad se cansaba más pronto de lo habitual,
descansar por el momento era la opción mejor.

Ambos salieron de la habitación
sin más dilación.

Intercambiaron palabras de despedida,
y la Chamana se dirigió a su habitación
para quedarse dormida.

Alfredo, por su parte, se largó.
A quienes aún pateasen las calles
esquinazo les dio

sin pensárselo más que una vez.
Era en realidad una cuestión de timidez.

De su garganta no hubiese salido respuesta,
si alguno para él tuviese un tema de conversación,
o siquiera una mera charla o propuesta.

¿Que podía responder a un humano,
sin parecer lo contrario de un sabio dios,
en otras palabras, un ser ''normal'' y mundano?

De la aldea volvió a salir.
Trasnochar libremente
era un privilegio que solo él se podía permitir,

y cada noche quería sacarle partido,
volar libre de ataduras,
por la brisa sentirse mecido,

recorrer el verde suelo,
acariciar el inmenso cielo.

se sentía uno más con la naturaleza,
adoraba lo sublime de esta,
todo su ser, toda su pureza.

Con la luna llena hizo buenas migas,
las nubes, en la penumbra casi indistinguibles,
eran sus mejores amigas.

Por algún motivo aquella noche estaba muy contento,
flotaba raudo y enérgico, no aminoraba el ritmo en ningún momento.

Si esta iba a ser su nueva vida,
poderoso durante el día y libre en el ocaso,
¡podía ser bien recibida!

Cierto que el protocolo real,
aunque era en apariencia aburrido,
tampoco resultaba precisamente mortal.

Y así, el resto de la noche acaeció,
hasta que en el horizonte,
la lumbre de un nuevo día apareció.

Como hizo a la misma hora en el anterior amanecer,
regresó a la aldea en la que ahora ejercía el poder.

Su sensación de felicidad no se desvanecía.
Y algo en los recovecos de su interior,
le susurraba que durante tiempo esta prevalecería.

(Me he propuesto como reto que todos los
nombres de humano llevarán únicamente
las letras ''D'', ''L'', ''N'', ''I'', ''M'' y ''A''. ¡Se avecina
la parte XLVIII para esta semana!)

domingo, 22 de abril de 2018

Poema Alfrediano: Parte XLVI

(A solo dos días de la instalación
del trono que le hará diarca, Alfredo
decide explorar el exterior a fondo,
intentando encontrar algo excepcional
entre sus alrededores).

Llegó a las pocas horas el anochecer,
pero Alfredo, aquel mágico mundo
no había ni comenzado a comprender.

<<Resulta maravilloso de vez en cuando parar>>,
pensaba, <<y la belleza
de la naturaleza
y lo cotidiano contemplar>>.

Aunque la noche al principio le frustró
-a oscuras y con luna nueva,
tenía muy poca visión-, su hastío poco duró;
una tenue luz su campo de visión cruzó.

<<¿Estaré a caso soñando?
¿O es una alucinación
lo que estoy contemplando?>>

Numerosas lucecillas,
de tonos apagados,
entre blancas y amarillas,

parecían misteriosamente flotar,
de un modo armónico y singular.

Al principio aquel destelló lo cautivó.
Se disponía a acercarse, pero
de repente, un temor le frenó.

<<¿Y si es una trampa del científico malvado?
Podría hacer tiempo que se ha fugado,
y esto ser una trampa que ha tramado>>.

Pero descartó pronto el pensamiento.
<<Enigine me dijo que sigue encerrado,
no hay por qué preocuparse de aquel viejo harapiento.>>

Y aunque algo titubeante,
optó por ir hacia
aquella ilusión brillante.

Cuando al final lo suficiente se acercó,
no daba crédito de lo que vio:

¡Un gran lago había,
y sobre el susodicho
estaban las luces a las que se dirigía!

No solo no era una trampa del científico,
si no que los reflejos de la luz sobre el agua
eran un espectáculo precioso, magnífico.

No se atrevió a aproximarse,
temiendo que con su cuerpo de gas,
aquella visión mágica pudiese alterarse.

Pasó la noche contemplando,
hasta que a medida que amanecía,
una a una, las luces se fueron difuminando,
como si las engullese el nuevo día.

Ahora era un lago corriente y moliente,
sin ningún destello resplandeciente.

Alfredo no supo hasta el futuro,
que lo que había visto eran simples luciérnagas;
en aquel momento, de haber contemplado magia estuvo seguro.

Ya solo faltaba una jornada y su ''libertad'' habría acabado.
Sin embargo, lo poco que había visto
ya le tenía plenamente maravillado.

Debía aprovechar al máximo el último día.
Todo lo que le rodeaba, de nuevo exploraría.

Encontró al poco rato lo que parecía el agujero de una madriguera.
Intrigado por lo que pudiese encontrarse en su interior,
se decantó por explorarla entera.
<<Es ciertamente más grande que el hormiguero anterior,
¿serán los animales de aquí de una inteligencia todavía mayor?>>

Al entrar no notó ningún movimiento,
cosa extraña, pues los animales solían huir de él,
para evitar aquella peste que los dejaba sin aliento.

Infinidad de túneles diminutos, de una complejidad
mayor a cualquiera anterior se multiplicaban.
Sin embargo para Alfredo no suponía ninguna adversidad.

Extendió su cuerpo a su merced,
para avanzar por cada uno de los caminos
de aquella inmensa red.

Muchos eran de unos meros metros de extensión,
y Alfredo no tardaba en acabar de explorarlos.
Pero había un túnel central dentro de aquella terminación,

que en plena línea recta descendía.
Tras explorar todos los otros túneles,
decidió que por este bajaría.

Aunque ya había tenido una mala experiencia,
cuando en una situación similar,
acabó encerrado por las cucarachas y aquel malvado hombre de ciencia,

Pero que sucediera algo similar,
era algo muy improbable,
más de lo que se pudiese imaginar.

Así, descendió a gran profundidad,
dispuesto a seguir explorando
aquel espacio lleno de misterio y oscuridad.

El túnel parecía volverse cada vez más pequeño.
<<¿Qué clase de criatura podría hacer esta extraña excavación?
¿No estaré en una especie de sueño?>>

Todo a su alrededor de repente se expandió,
no había ni pizca de iluminación,
pero palpando a su alrededor determinó,
que había llegado a una habitación.

Un ruido parecido a una respiración le hizo pararse.
Prestó atención, y volvió a escucharla.
¿De qué clase de ser podía tratarse?

Era un ruido entrecortado,
remotamente parecido a un gruñido,
algo que Alfredo jamás había escuchado.

Pronto pareció escuchar a tono con la principal,
otras exhalaciones parecidas,
aunque de menor intensidad que la original.

Lo más probable era que fuesen un grupo de animales durmientes.
Y fue entonces cuando Alfredo se dio cuenta de algo extraño:
no reaccionaban lo más mínimo a sus oleadas pestilentes.

Decidió el fondo de la sala palpar,
para aquel extraño ser subterráneo hallar.

Las paredes presentaban aquí y allá alguna que otra pequeña protuberancia;
serían pequeños guijarros que de la construcción sobresalían.
Sin embargo, aunque allí los había en cierta abundancia,

en ningún túnel anterior nada así había encontrado.
La sala era de unos escasos metros de ancho,
y su profundidad era similar; pronto al final había llegado.

Algo similar a esferas semienterradas,
estaban allí abajo situadas.

Antes de poder indagar,
aquella respiración conjunta,
volvió a notar.

Desde el suelo llegó una rancia y profunda bocanada.
Sin embargo Alfredo no era capaz de palpar a la entidad.
¿Dónde podía estar situada?

Cuando la criatura bostezó,
todo alrededor de Alfredo
a temblar comenzó.

Se dio cuenta de desde donde el aire provenía.
Entre las esferas, de un pequeño agujero plagado de bultos puntiagudos,
el enigmático aliento entraba y salía.

Entonces cayó en donde aquel ser se encontraba:
¡La totalidad de la habitación, con sus carnes ocupaba!

¡Las esferas del fondo con toda seguridad sus ojos serían,
y seguramente aquellas elevaciones de las paredes,
los dientes y los huesos de la cosa formarían!

Y aquel agujero recubierto de lo que antes creía que eran trozos de roca...
...indudablemente debía tratarse de su boca.

<<¡Es más grotesco de lo que habría imaginado!
¡Y ante mi olor ni siquiera se ha inmutado!>>

Un ruido diferente tronó,
similar a un rugido apagado;
todo a su alrededor con fuerza tembló.

Alfredo prefirió no arriesgarse,
y, asustado, regresó hacia la parte
superior de la sala, dispuesto a largarse.

Seguía intacto el túnel por el que había entrado,
a pesar de que las paredes habían pasado de temblar a retorcerse.
Entró por este Alfredo, y en instantes ya se había pirado.

<<¿Qué es ese monstruoso ser?
¡No es posible que exista una cosa así,
es algo que no puedo creer!>>

Ya estaba a una distancia prudencial,
a medio camino de la galería principal.
<<No es la primera vez que descubro un ser anormal...

<<...parece como si la tierra de forma deficiente se hubiese restaurado,
dando pie a criaturas que no tienen razón de ser,
pero que por algún fallo a este mundo han llegado.>>

Cuando de aquel siniestro laberinto salió,
el hecho de que ya hubiese anochecido,
en gran medida le sorprendió.

Al parecer más tiempo del que calculaba allí dentro había pasado.
<<Es curioso, las cosas más sorprendentes que he visto,
siempre bajo las profundidades de la tierra se han situado.

<<La máquina de restauración mundial,
las cucarachas gigantescas,
y ahora ese ente infernal.>>

Su tiempo, sin embargo, casi había terminado,
era cuestión de horas que amaneciese.
<<De todas formas más que suficiente he explorado.

<<Además, aún cuando sea una figura real,
es probable que de vez en cuando
unos días de vacaciones pueda tomarme sin que nada salga mal,

<<Los humanos lo podrán comprender.
Al fin y al cabo, ¡A una deidad
no querrán desobedecer!>>

pensaba Alfredo divertido.
Tenía la mente dispersa,
de tanto que le había sucedido.

Nada ahora especialmente le preocupaba,
ejercía aquella propia costumbre:
de un recuerdo a otro rápidamente saltaba.

Afrontaba con emoción lo que el futuro le depararía...
¿cómo sería la vida de diarca?
¿qué difíciles decisiones tomaría?

Es cierto que tendría que insensibilizarse,
ante las malas noticias, las muertes y el desastre,
tendría que intentar no mucho inmutarse.

Parecía una medida de insensibilidad,
<<pero debo afrontar con sangre fría lo que me llegue,
o si no, no podré resistir la cruda realidad.

<<Al fin y al cabo yo también malas acciones he cometido...>>
Recordó cuando, al inicio de sus aventuras asfixió a aquel pobre gigante,
como la rana parlante se rió de él y lo sucedido.

Se sintió lleno de enfado y traicionado.
No era por la distancia que tuvo que recorrer,
pues no tenía en realidad nada mejor que hacer.
Su dolor era en realidad culpa, pues a un inocente había matado.
Puede ser que quizás el gigante fuese malvado,

¿quién sabe si de humanos se alimentaba?
Pero era igual de probable,
que de una buena persona se hubiese tratado.

<<Sobre mi también pesan acciones deleznables.
Acciones que solo cometerían
asesinos rastreros y miserables...

<<La única forma de redimirme,
¡es ayudar a la humanidad,
y en un buen rey convertirme!>>

Y así, con la mente llena de algarabía,
espero a que llegase un nuevo día.

(Un capitulo extraño hasta para mi gusto,
debo admitirlo. No hay mucho que decir
sobre Alfredo, pero mañana comenzará un
nuevo capítulo en este poema. Eso es todo
por ahora, ¡hasta la próxima!)

sábado, 7 de abril de 2018

Poema Alfrediano: Parte XLV

(Han terminado los preparativos para
la fundación de la diarquía, y el discurso
previo está a punto de comenzar. Sin
todavía quitarse la advertencia de Enigine
de la cabeza, Alfredo asiste a un momento
importante de su vida):

<<¡Amigos, padres, madres, hermanos!
¡Hoy hemos recibido la bendición que todos esperábamos!
¡Ha llegado el salvador de los humanos!

<<Por si fuera poco, ha tomado una gran decisión para nuestra sociedad.
¡El y nuestra sabia Chamana se han unido para crear una diarquía!
¡De ahora en adelante seremos un reino rebosante de prosperidad!>>

Hizo una pausa para dar paso a una ovación.
¡Las gentes estaban felices,
repletas de esperanzas e ilusión!

Es cierto que en la miseria absoluta no vivían,
y también que no estaban seguros de que a partir de entonces,
la muerte y la enfermedad tampoco cesarían,

¡pero las cosas indudablemente iban a mejorar!
Aquel pedo había visto ya a la humanidad en su apogeo,
¡les podría conducir de nuevo a aquel mundo espectacular

que era la tierra en un tiempo muy anterior,
y evitar que la humanidad cometiese el mismo error!

La aclamación pronto finalizó,
y el discurso se reanudó:

<<Alfredo, este es el nombre del ente divino,
liderará nuestro futuro reino, glorioso y supino,

<<y lo hará generación tras generación,
siempre junto a un monarca como nosotros,
para asegurar entre él y los humanos una eterna y sana unificación>>.

De esta forma parecía que hubiese sido idea del propio pedo.
Le supo mal llevarse todo el crédito él,
pero se sintió halagado cuando alabaron a gritos el nombre de Alfredo.

<<El diarca Alfredo, como quiere que le llamemos,
dejará que a sus futuros aposentos,
todo lo que queramos nos acerquemos,

<<pero a cambió debe cumplirse una condición:
Todo el mundo se alejará al menos tres pasos de él,
¡su cuerpo de gas y metano puede ser para el humano la perdición!>>

Alfredo asintió, esta era una condición que el mismo había estipulado,
de lo contrario, seguramente podría causar en el futuro accidentes,
si algún incauto o ignorante, demasiado se hubiese acercado.

Al escuchar eso, en una señal de temor y respeto, la gente
se retiró un par de pasos hacia atrás de forma obediente.

No era en realidad necesario en esa situación,
puesto que ya estaban bastante alejados,
pero la cautela les hizo querer apartarse sin más dilación.

<<En los próximos días se difundirán
las próximas normas, que esperamos
fielmente se cumplirán.

<<Además, se añadirá el trono segundo,
a distancia prudencial para prevenir
el hedor nauseabundo.

<<Un vez establecido todos lo podréis visitar,
y si el noble Alfredo tiene tiempo,
¡las dudas que tengáis no dudará en contestar!

<<Y dicho todo esto, este discurso ya casi puede darse por cesado.
Pero antes de poder tenerlo terminado,

<<debe pronunciarse el juramento,´
que una vez proclamado,
será una promesa sólida como el cemento>>.
A esto siguió una pausa, que acabó al momento:

<<Alfredo, divina ventosidad,
¿aceptas nuestra humilde petición,
de reinar hasta más allá de la saciedad?>>

Esta vez sin pensarlo demasiado,
respondió totalmente extasiado:
<<Ninguna otra cosa en este mundo,
podría tanto haber deseado.>>

De nuevo la aldea entera se unió en una exhalación.
<<¡El juramento ha sido cerrado!
¡Por fin ha sido confirmada nuestra salvación!>>

El griterío continuaba,
y sintió como en voz baja
la Chamana le hablaba:

<<La ceremonia acaba de terminar,
ahora a la sala del trono debemos regresar>>.

¿Tan pronto? Alfredo se sentía extrañado.
Pensó: <<Con la de acuerdos y trámites de estos días,
pensaba que esto algo más habría durado.>>
Pero lo cierto es que solo unos diez minutos se había prolongado.

Volvieron sobre sus propios pasos mientras él eran colmados
de la felicidad de aquellos hombres y mujeres ilusionados.

Una vez en la sala ''real'', ya solo se oía un murmullo exterior.
Alfredo se sentía de repente lleno de euforia y felicidad,
en suma, intuía en si mismo una gran sensación de responsabilidad,
pero al mismo tiempo de poder, de ser una criatura superior.

Aunque esto no era su verdadero sueño en realidad,
(este era transformarse un humano,
y vivir una vida de modestia y normalidad),

ser un diarca querido y respetado,
¡era mucho más de lo que había aspirado!

podría a los humanos dirigir,
a pesar de con aquel purulento cuerpo
tener que existir.

La chamana en seguida le enfocó a la realidad:
<<ten en cuenta que esto llevará mucha dificultad.

<<hasta este punto haber crecido,
no solo pura suerte y casualidad ha sido,
una gran unidad ha requerido.

<<A lo largo de los próximos reinados,
una enorme cantidad de desafíos
tendrán que ser afrontados.

<<A pesar de la aparente devoción,
tendrás que enfrentarte en ocasiones
al rechazo, al alzamiento o la traición.

<<También están los problemas de hambruna y epidemia.
¡hasta un diarca puede morir perfectamente de septicemia!

<<Cierto que para que cualquiera de esas cosas pueda darse,
nuestro reino deberá crecer mucho más,
¡puede que siglos haya que esperarse!

<<Pero esos problemas y muchos más acabarán por llegar.
Pensándolo mejor, es una suerte que no aceptases gobernar solo y aislado
¡Ya le cuesta horrores a un monarca muy experimentado,
esos problemas en su reino evitar!

<<También debes recordar que tu eres inmortal.
Los humanos crecemos,
con el tiempo envejecemos,
y encontramos el desenlace de nuestro destino, al final.

<<No dependas de nadie demasiado,
o cuando desaparezca de tu vida,
quedarás totalmente inutilizado.

<<Yo misma soy ya muy mayor,
y aunque la idea de morir
no me inspira ningún terror,

<<sé que la parca ya se está acercando,
y en menos de diez años,
de mi ya estará tirando.

<<Sé que estos consejos te pueden parecer abrumadores,
e incluso de algún modo, desalentadores.

<<Pero solo quiero mostrarte como es todo en realidad.
Hacer lo contrario, y decirte que todo irá bien,
¡sería una muestra de ignorancia, una barbaridad!>>

<<Lo he comprendido perfectamente.
Debo gobernar con la mente fría,
ser consciente de que a todos os llega vuestro día,
y afrontar los conflictos acertadamente>>.

<<De todas formas, siempre habrá un diarca a tu lado,
así que serás siempre por un humano capaz,
y con experiencia apoyado.

<<Con el tiempo absorberás su experiencia,
¡tendrás acumulados conocimientos y memorias de siglos!
¡acabarás siendo, por antonomasia, una eminencia!>>

Alfredo se prometió que todo lo que viese lo retendría,
y como una esponja el saber absorbería.

Ahora en sus manos habían las vidas de mucha gente,
que le consideraban un gran ser omnisciente.

En aquellos momentos de su imagen idealizada mucho distaba,
pero pensándolo mejor, seguro que al paso del tiempo,
a aquella proyección suya cada vez más se acercaba.

<<Ahora, de inmediato iniciaran la construcción
del segundo trono. Se que no lo necesitarás,
pero su levantamiento solo será una metáfora de tu coronación.

<<Hasta dentro de dos días no habrá sido terminado.
Mientras puedes sobrevolar los alrededores,
o ir a algún lugar que no esté muy alejado>>.

Tras una breve despedida,
Alfredo se dirigió hacia la salida.

Flotando con toda la velocidad que podía,
en menos de un segundo,
vio de nuevo la luz del día.

El motivo por el que salió disparado,
era ir lo bastante rápido,
como para el ojo humano no ser visualizado.

Lo logró, también en parte por su cuerpo semi transparente,
y nadie le vio ni notó nada, salvo un pequeño olor temporal, algo pestilente.

Solo quedaban dos días de libertad,
pero pensaba aprovecharlos hasta la saciedad.
Habían cosas que siempre le habían dado curiosidad,

como ver lo que hacen los animales bajo la superficie de la tierra.
<<Me filtraré por la corteza terrestre para contemplar
las maravillas y misterios que esta encierra.>>

Era difícil encontrar y colarse por alguna grieta diminuta.
Por suerte, Alfredo ahora ya era ese tipo de seres,
a los que una dificultad aparente ni les inmuta.

Encontró un hormiguero pequeño por el que entrar.
<<Lo siento por lo que quiera que viva ahí dentro,
pero mi toxicidad es algo que no puedo controlar.>>

Al introducirse se entristeció.
Sintió como un puñado de seres diminutos,
gaseado por su culpa expiró.

Nunca había contemplado,
como el interior de un hormiguero
es por aquellos insectos estructurado.

Pese a que imperaba la oscuridad,
palpando a su alrededor,
pudo delimitar todas las salas con facilidad.

¡Nunca habría creído,
ni mucho menos imaginado,

que existen insectos tan sabios!
Por comparación, los seres humanos,
¡podrían levantar imperios legendarios!

Era una pena que cuando nació,
hubiese quedado alejado
de todo rastro de humanidad que encontró,

pues el no era del todo consciente de que había existido,
en un mundo en el que el hombre había alcanzado una sociedad increíble,
al menos antes de que la decadencia y el fin del mundo hubiesen aparecido.
¡El ser humano había llegado a considerarse invencible!

Palpó la reina del hormiguero.
<<Hasta ellas han sabido crear
un orden social entero.>>

Solo había pasado media hora de su exploración,
y ya había descubierto que hasta los animales más diminutos,
podían hacer cosas grandes, para su impresión.

Tan solo le daba pena haber tenido que sacrificar,
a todas esas pobres hormigas para aquella lección encontrar.

<<Enigine a los humanos despreciaba.
¿Cómo es posible?
Seguro que tienen un potencial increíble.>>
Y frases así todo el rato exclamaba.

Sin embargo, cuando tocó a la reina muerta,
otra idea le caló, una completamente cierta:

<<Este hormiguero ha caído con facilidad.
Puede que algún día, mi futuro reino
se enfrente a una situación como esta, de tamaña desigualdad.

<<Puede que ocurra semejante locura,
y que la humanidad se libre es algo que
nada ni nadie me asegura.

<<Deberé por los humanos velar.
Nunca ninguna amenaza
les debe acechar.>>

(¡Acaba aquí la parte 45 del poema!
Fufu, podría decirse que esta parte
ha sido un gran aprendizaje para Alfredo.
Hasta un simple hormiguero puede
enseñarte una lección... aunque no es necesario
que hagas como Alfredo, y lo extermines,
aún sin querer... ¡próximamente la parte
XLVI del poema!)



jueves, 5 de abril de 2018

Poema Alfrediano: Parte XLIV

(Anteriormente, Alfredo ha acabado
por hablar con la Chamana. Finalmente,
ha accedido a formar una diarquía con la
que gobernar a los humanos).

Llegó rápido el día de la coronación,
casi podría decirse
que lo hizo sin ninguna dilación.

Alfredo aún no creía que ello estuviese pasando,
pensaba <<¡Debo estar soñando!>>

Rememoró entonces todo lo acontecido,
desde que, una semana atrás,
a formar una diarquía había accedido.

Al instante de aceptar los trámites comenzaron.
Había mucha burocracia de por medio, como es normal,
y a Alfredo con decenas de acuerdos y pactos abrumaron.

Era una ventaja el hecho de que no necesitaba dormir,
y por las noches podía mantenerse ocioso,
paseando al aire libre sin que nadie se lo pudiese prohibir.

Volviendo al tema y dejando sus largas noches de vigilia,
fue en aquellos días cuando avisaron a la más cercana familia.

Supo así que la anciana,
tenía tres hijos, una hija
y una nieta de edad muy temprana.

Le dijo la Chamana: <<Cuando yo muera, y mi alma viaje a un plano superior,
será uno de ellos quien reine a tu lado, ¡mi digno sucesor!>>

Tres días antes de la celebración,
fue cuando se informó a todos los humanos
de la nueva situación.

Al parecer esta situación agradó más todavía,
¡Mejor que la ventosa deidad y la más sabia persona,
seguro que jamás nadie gobernaría!

La gente, antaño ante Alfredo paralizada,
en muy poco tiempo parecía cambiada.

Antes al mirarle ni a sus ojos creían,
¡ver a semejante ser, aún por segunda vez,
era algo que todavía no concebían!

Su extremada incredulidad,
se había transformado de golpe
en una gran vivacidad.

Los más fuertes de la aldea vigilaban la entrada
a la casa de la Chamana día y noche,
para evitar el asalto de la masa desenfrenada.

El día segundo, o mejor dicho, al anochecer,
algo que merece contarse quiso suceder.

Alfredo paseaba por los alrededores de la zona,
el sol se ocultaba mientras el rememoraba sus aventuras
con una mirada perdida y simplona.

Fue entonces cuando todo a su alrededor se iluminó.
Una luz amarillenta parecía comérselo todo,
hasta que incluso la noche desapareció,
menos a él, todo lo visible engulló.

Antes de poder reaccionar,
una figura negra se puso en frente de él.
aunque al principio había mucha luz, pronto se pudo acostumbrar.

<<¿Enigine? ¿Has vuelto otra vez?>>
Dijo cuando ya pudo verle con fluidez.
La cabeza sin rostro, dirigida hacia él,
parecía denotar, como siempre, cierta altivez.

Contestó el: <<Así que rey de esos monos primitivos.
Je... Alfredo, nunca dejarás de sorprenderme.
No se como puedes juntarte con seres de ideales tan vomitivos...>>

Ese no era su tono habitual,
Parecía mucho más ácido e irónico,
en comparación con su ''yo'' normal.

<<¿A qué has venido, zorro interdimensional?
No he mostrado otra vez me ira destructora,
¡Todavía no he podido hacer nada mal!>>

<<Hay un problema que te afecta directamente..
...alguien quiere acabar con tu vida...
...con los humanos, con todo, o eso tiene en mente.>>

Alfredo se sintió de repente desconcertado.
¿Quién podría odiarle tanto?
¿De quién podría haberse tratado?

<<¿No será...?>> Comenzó a preguntar
<<En efecto.>> Enigine tardó poco en contestar.

<<Ese humano loco... el científico.>>
<<¡Pero si está encerrado!
¡Nadie me podría acarrear menos preocupación!>>
<<Eso no será suficiente, lo que digo es verídico.>>

<<Si está por miles de cucarachas rodeado,
¡y en una cárcel de su inmensa mazmorra encerrado!

<<Prometieron que allí para siempre estaría,
y que jamás escaparía.

<<Y allí sigue confinado,
Pero sé que algún día huirá,
y quién sabe si algo ya ha planeado.

<<No le debes subestimar,
ese hombre es sin duda un genio,
tiene de su lado el tiempo y el ingenio,
con toda la vida conocida quiere acabar.

<<Debiste ordenar su muerte,
ahora puede fugarse,
y volver mucho más fuerte.

<<Sé lo que has pensado.
¿Por qué yo mismo,
con su vida no he acabado?

<<En teoría podría hacerlo con facilidad.
Puedo con nulo esfuerzo,
''borrarlo'' de la realidad.

<<Hacer que sea sencillamente desintegrado,
que en menos de un instante,
cada uno de sus átomos sea erradicado.

<<Pero he descubierto algo fatal.
Y es que ''borrar'' a un ser vivo de este universo,
¡para el tejido interdimensional,
puede ser una consecuencia mortal!>>

<<Soy incapaz de atacar de manera convencional.
solo tachándolo su existencia y su ser propiamente dichos,
podría hacer que hallase su final.

<<Pero si lo hiciese, tal acción supondría
una rotura inmensa para las dimensiones,
mayor que todos tus enfados sería,
¡con absolutamente todo acabaría!

<<Fui creado para las dimensiones explorar,
mi deber no es interactuar,
ni mucho menos he sido creado para luchar.>>

Alfredo contestó, alterado.
<<¿Estás diciendo que mi mayor enemigo ahora,
es ese científico chiflado?

<<¡Pero yo tampoco puedo atacar!
¡No tiene sentido del olfato,
no hay forma de que mi hedor le pueda dañar!>>

<<Eso ya no es de mi incumbencia.
Te he venido ha advertir
por que no me gustaría verte morir
a manos de ese malvado hombre de ciencia.

<<Ahora estarás liado con esa chorrada de la coronación,
pero si no actúas pronto contra ese lunático,
puede que todos vosotros pronto os enfrentéis a la muerte y destrucción>>.

E inmediatamente añadió,
de forma que Alfredo
ni siquiera se lo esperó:

<<Nuestro tiempo de charla ha terminado,
esta vez te devolveré al lugar y tiempo correctos,
antes de que te hayas enterado>>.

<<¡Espera, hay algo que no te he preguntado!
¿Por qué de ese peligro me has avisado!>>

Realmente Enigine nada había ganado.
Pero no obtuvo respuesta, pues mientras acababa de hablar,
el zorro y la misteriosa luz amarillenta ya se habían volatilizado.

Volvía a encontrarse en frente de sus futuros dominios.
El sol ya se escondía en el cielo, trazando
tonos de color entre anaranjados y minios.

Durante toda la noche sólo en el científico se preocupó.
Sin embargo, saber que era imposible viajar hasta el nido de cucarachas,
y volver a tiempo para la coronación, le consoló,

y al menos fue una excusa buena para su inacción.
De todas formas, en su interior algo le decía,
que ni siquiera ocioso allí viajaría.
Ese oscuro lugar solo emanaba muerte y perdición.

Sabía que las cucarachas no atacarían,
tras salvar su civilización,
juraron que nunca a ningún humano matarían.

Y de otro modo, bien pensado...
¿por qué Enigine iba a tener razón?
El científico seguía capturado.

Las cucarachas eran muchísimas a todas no podría distraerlas,
y tampoco podía huir usando la violencia,
¡su número y fuerza haría que no pudiese vencerlas!

Con pensamientos como ese pasó la última jornada
antes de que su nueva y real vida
pudiese darse por comenzada.

La última noche hablo con la chamana de forma breve:
<<¿Estás nervioso por ser rey, y por todas las
responsabilidades que ello conlleve?>>

<<Un poco, pero con vuestra dinastía a mi lado,
no tengo por qué sentirme preocupado>>.

Siguió con la mente despejada,
hasta que la mañana de la ceremonia
finalmente se dio por comenzada.

Alfredo y la chamana estaban ambos a una distancia prudencial,
tres metros era suficiente, para no contaminarla
con su hedor putrefacto y residual.

Avanzaban uno al lado del otro sobre la alfombra de la sala del trono.
Alfredo pensaba: <<Por vosotros, humanos, mi tiempo libre,
mi libertad, mis aventuras y demás abandono.>>

Siguieron moviéndose tras dejar atrás la sala del trono,
con cautela de que Alfredo no apestase a nadie,
pues sería peor para la víctima que enterrar la cabeza en abono.

Cuando salieron de la casa, llegó la gran impresión.
¡Decenas, no, puede que centenares de humanos,
estaban allí para asistir a la proclamación!

A ambos vitoreaban,
la nueva diarquía celebraban.
A ambos lados del camino central,
todos se agolpaban.

En realidad lo que querían era ver de cerca al noble pedo,
pero por suerte eran contenidos,
aunque no precisamente para proteger a Alfredo.

A unos metros de distancia estaba situado
un hombre de gran altura y escasa complexión física,
sobre una tribuna que por la noche los humanos habían improvisado.

No era muy viejo, se dio cuenta;
como mucho estaría cerca
de cumplir los cuarenta.

En esos instantes también se había fijado,
que no había casi nadie que una edad avanzada
hubiese alcanzado.

Era triste admitir la realidad,
pero la gente no solía vivir demasiado,
pues aún era muy primitiva esa sociedad.

Cuando fuese rey procuraría
que el imperio avanzase,
y que llegase un día,
en el que la gente muchos años viviría.

Sus pensamientos cesaron cuando todo el mundo enmudeció,
y ese delgado hombre de la tribuna su discurso comenzó:

(Fin, aquí acaba la parte 44 del poema.
Sé lo que dije, lamento haberme retrasado.
Pero también dije que no os fiaseis mucho,
¿no? Volviendo al tema, próximamente la parte
45, donde comenzará el discurso de la coronación).